domingo, 6 de septiembre de 2015

Casi seguro.



Releyó el titular dos veces más que de costumbre, y apoyó la taza de café para leer con detenimiento la noticia. Sus ojos vagaban por las líneas, iban y venían. De a ratos, volvía para atrás y repasaba alguna oración que no le había quedado clara. Terminó su artículo y se sintió desasosegado, vacio. Ya nada de lo que leía lograba excitarlo. Nada. Últimamente, probaba con el periódico, a ver si la información diaria, lograba rescatarlo del naufragio que experimentaba al no sentirse atraído por la lectura. Hacía muchísimo tiempo que no encontraba nada que lo llenara, que lo iluminara.
Vagó, como alma en pena, por casi todas las bibliotecas de Buenos Aires, en la búsqueda de algo. Pidió a sus amigos lectores, consejos y recomendaciones. Se insertó en el mundo de los libros electrónicos a la espera de ese algo. Algo que estaba seguro, lo haría regresar a la lectura compulsiva de un soplido. Como no lo hallaba, mataba su tiempo en historias simples, sin sentido; noticias y revistas. Sin embargo, la necesidad de encontrar un texto que; lo transportara al más allá, lo trajera y lo devolviera una y otra vez, seguía latente. Conociéndolo, no se detendría hasta no dar con ese libro.
Terminó su desayuno y se encaminó a la habitación para vestirse y prepararse. En el camino, se detuvo, como cada mañana, frente a su hermosa e imponente biblioteca. La observó desde los primeros estantes, esos que están al ras del piso, hasta los últimos que tocan el techo. Conocía cada uno de los libros que la componía, reconocía sus colores y sus formas. Cada uno de ellos, lo había hecho vibrar a lo largo de sus cincuenta y dos años. No sólo una vez, sino muchas. La nostalgia golpeó a su puerta y volteó la mirada, para no sentirse peor. Recordó el espacio vacío que había dejado en el tercer estante, a la derecha, y se dijo; “Hoy. Estoy casi seguro.” Tomó la franela naranja que encontró arrumbada sobre la mesita ratona, esa que había dejado olvidada la última vez que repasó la biblioteca. Suavemente, la pasó por el espacio que permanecía inerme a la espera de ser ocupado, y sacudió el polvo.
¿Dónde buscar? ¿A quién preguntar? Su interior le decía que hoy era el día. Hoy, algo pasaría que lo guiaría a ese libro tan esperado. No perdía las esperanzas, en cambio, más se aferraba a la idea de que, al igual que él, su libro lo buscaba y lo esperaba.
Salió de su casa, camino al trabajo y como cada mañana, agradeció a Dios por trabajar tan cerca y poder llegar caminando. Seis cuadras lo separaban de su oficina. Dobló a la esquina, saludando al carnicero, al verdulero y al del puesto de diarios. Continuó su camino hasta el próximo semáforo. Allí, un pequeño embotellamiento lo detuvo por unos cuantos minutos. A la espera de poder cruzar la avenida, volteó a ver el paisaje matutino. Todo parecía estar en su lugar, pero… ¿y eso? ¿Qué es? Recorrió unos pocos metros, y se paró frente a una bolsa negra, mal cerrada a la que se volaban los extremos. No había visto mal. En esa bolsa, había libros. No sabe si en realidad, los vio o si la forma de la bolsa los delató. 
El corazón le latió con ansias y  un impulso frenético, lo llevó a tomar la bolsa pesada, y cargarla hasta su casa. Llegaría tarde, sí. Pero no le importaba. Prácticamente corrió. Corrió las dos cuadras que lo separaban de su departamento. Sus manos apretaban la bolsa sucia, con fuerza para que no se desfonde ni se rompa. Mientras buscaba la llave en su bolsillo, se repetía; “Lo sabía, estaba casi seguro”.  Apoyó el tremendo paquete sobre la mesa y temió que se rompiera por el ruido que hizo al hacerlo. ¿Cuántos habría? Muchos. Por el peso y la contextura, calculó que habría, fácil, doce o catorce libros. Revoleó el bolsito y la campera embarrada, frotó sus manos y la abrió.
Uno, dos, tres… ocho… diez… doce. Estaba en lo correcto. Estaba seguro que eran doce. Una vez que los contó, se dispuso a ojear los títulos. Hizo tres pilas, una de los que ya había leído y no le gustaban, otra de los que sí  y la última, de los desconocidos. Ahí, posó sus ojos detenidamente. Sus dedos repasaban las páginas, y leía las primeras líneas. Como siempre, después de leer la primera frase, sabría si era o no el libro en cuestión. Iban cuatro de los ocho que había ubicado y aún nada. Cuando le quedó el último, ahí sobre la mesa llena de polvo y tela araña, titubeó. Dudó en leerlo. El teléfono sonaba y sabía que era de la oficina. No atendió. Dio vueltas alrededor de la mesa, con las manos en la cabeza, iba y venía. Había que hacerlo. Había que averiguar si era él. Se instó a no ser cobarde y lo tomó de repente. Lo acarició suavemente y mirando al cielo, rogó que aquel fuera su día de suerte. Lo abrió, repasó el nombre, la dedicatoria y  se embarcó en el primer renglón. Encontró el punto y frenó. Una lágrima rodó por su mejilla. “Estaba casi seguro que eras vos” 

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