Releyó el titular dos veces más
que de costumbre, y apoyó la taza de café para leer con detenimiento la
noticia. Sus ojos vagaban por las líneas, iban y venían. De a ratos, volvía
para atrás y repasaba alguna oración que no le había quedado clara. Terminó su
artículo y se sintió desasosegado, vacio. Ya nada de lo que leía lograba
excitarlo. Nada. Últimamente, probaba con el periódico, a ver si la información
diaria, lograba rescatarlo del naufragio que experimentaba al no sentirse
atraído por la lectura. Hacía muchísimo tiempo que no encontraba nada que lo
llenara, que lo iluminara.
Vagó, como alma en pena, por casi
todas las bibliotecas de Buenos Aires, en la búsqueda de algo. Pidió a sus
amigos lectores, consejos y recomendaciones. Se insertó en el mundo de los
libros electrónicos a la espera de ese algo. Algo que estaba seguro, lo haría
regresar a la lectura compulsiva de un soplido. Como no lo hallaba, mataba su
tiempo en historias simples, sin sentido; noticias y revistas. Sin embargo, la
necesidad de encontrar un texto que; lo transportara al más allá, lo trajera y
lo devolviera una y otra vez, seguía latente. Conociéndolo, no se detendría
hasta no dar con ese libro.
Terminó su desayuno y se encaminó
a la habitación para vestirse y prepararse. En el camino, se detuvo, como cada
mañana, frente a su hermosa e imponente biblioteca. La observó desde los
primeros estantes, esos que están al ras del piso, hasta los últimos que tocan
el techo. Conocía cada uno de los libros que la componía, reconocía sus colores
y sus formas. Cada uno de ellos, lo había hecho vibrar a lo largo de sus
cincuenta y dos años. No sólo una vez, sino muchas. La nostalgia golpeó a su
puerta y volteó la mirada, para no sentirse peor. Recordó el espacio vacío que
había dejado en el tercer estante, a la derecha, y se dijo; “Hoy. Estoy casi
seguro.” Tomó la franela naranja que encontró arrumbada sobre la mesita ratona,
esa que había dejado olvidada la última vez que repasó la biblioteca.
Suavemente, la pasó por el espacio que permanecía inerme a la espera de ser
ocupado, y sacudió el polvo.
¿Dónde buscar? ¿A quién
preguntar? Su interior le decía que hoy era el día. Hoy, algo pasaría que lo
guiaría a ese libro tan esperado. No perdía las esperanzas, en cambio, más se
aferraba a la idea de que, al igual que él, su libro lo buscaba y lo esperaba.
Salió de su casa, camino al
trabajo y como cada mañana, agradeció a Dios por trabajar tan cerca y poder
llegar caminando. Seis cuadras lo separaban de su oficina. Dobló a la esquina,
saludando al carnicero, al verdulero y al del puesto de diarios. Continuó su
camino hasta el próximo semáforo. Allí, un pequeño embotellamiento lo detuvo
por unos cuantos minutos. A la espera de poder cruzar la avenida, volteó a ver
el paisaje matutino. Todo parecía estar en su lugar, pero… ¿y eso? ¿Qué es?
Recorrió unos pocos metros, y se paró frente a una bolsa negra, mal cerrada a
la que se volaban los extremos. No había visto mal. En esa bolsa, había libros.
No sabe si en realidad, los vio o si la forma de la bolsa los delató.
El corazón le latió con ansias
y un impulso frenético, lo llevó a tomar
la bolsa pesada, y cargarla hasta su casa. Llegaría tarde, sí. Pero no le
importaba. Prácticamente corrió. Corrió las dos cuadras que lo separaban de su
departamento. Sus manos apretaban la bolsa sucia, con fuerza para que no se
desfonde ni se rompa. Mientras buscaba la llave en su bolsillo, se repetía; “Lo
sabía, estaba casi seguro”. Apoyó el
tremendo paquete sobre la mesa y temió que se rompiera por el ruido que hizo al
hacerlo. ¿Cuántos habría? Muchos. Por el peso y la contextura, calculó que
habría, fácil, doce o catorce libros. Revoleó el bolsito y la campera
embarrada, frotó sus manos y la abrió.
Uno, dos, tres… ocho… diez… doce.
Estaba en lo correcto. Estaba seguro que eran doce. Una vez que los contó, se
dispuso a ojear los títulos. Hizo tres pilas, una de los que ya había leído y
no le gustaban, otra de los que sí y la
última, de los desconocidos. Ahí, posó sus ojos detenidamente. Sus dedos
repasaban las páginas, y leía las primeras líneas. Como siempre, después de
leer la primera frase, sabría si era o no el
libro en cuestión. Iban cuatro de los ocho que había ubicado y aún nada.
Cuando le quedó el último, ahí sobre la mesa llena de polvo y tela araña, titubeó.
Dudó en leerlo. El teléfono sonaba y sabía que era de la oficina. No atendió.
Dio vueltas alrededor de la mesa, con las manos en la cabeza, iba y venía.
Había que hacerlo. Había que averiguar si era él. Se instó a no ser cobarde y
lo tomó de repente. Lo acarició suavemente y mirando al cielo, rogó que aquel
fuera su día de suerte. Lo abrió, repasó el nombre, la dedicatoria y se embarcó en el primer renglón. Encontró el
punto y frenó. Una lágrima rodó por su mejilla. “Estaba casi seguro que eras vos”
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