Paula…
7 de Noviembre.
Me parece mentira tener la lapicera en la
mano y escribirte éstas líneas. Aún no entiendo cuál es el propósito de poner
en palabras escritas, lo que mi boca oprime y no desea expresar. O más bien, se
niega a decir. Pero en fin, aquí estoy. Escribiéndote.
Nunca fui valiente. Eso ya lo sabes. Siempre
me dio miedo demostrar lo que realmente siento. Fue más fácil poner la misma
cara de idiota y fingir cosas que distaban ampliamente de lo que pasaba dentro
de mí. Quizás porque la vida no me la ha hecho fácil. Quizás mi pasado, pesa
más de lo que puedo admitir. O pueden ser los miles de errores que cometí y que
me encantaría borrar con el mismo puño que se balancea ahora, de aquí para allá,
sobre esta hoja prístina. Desafortunadamente, no puedo. Nunca fui valiente y
creo que no lo seré nunca. Menos ahora.
¿Qué hago escribiéndote? No lo sé. Vi tu
cuaderno ahí, sobre la mesita de luz, tal y como lo dejaste, y las manos se fueron
solas. Al principio, busqué algo tuyo, tus palabras. Volver a leerte. Luego
recordé que éste lo compraste hace muy poquito. Casi no hay nada escrito. Sólo
algunas frases que te servían de inspiración y nada más. En la primera página hay
una foto nuestra.
12 de Noviembre
Volví. Aquí estoy. Escribiéndote otra vez. No
pude continuar la última vez. Te imaginarás. No hace falta explicarte. Arranqué
esta hoja y guardé tu cuaderno dentro de la caja donde también puse tus libros y
todas las porquerías que tenias en el segundo cajón. Sí. También está la
servilleta que guardaste de nuestra primera cita y la flor que te regalé. Todo,
Paula. Todo.
Confieso que pensé que sería más fácil llevar
a cabo esta tarea. Cuesta. Pero me ayuda. Porque pienso que escribiéndote,
estamos más conectados. No sólo porque amabas escribir, sino porque las
palabras aparecen prácticamente solas. Y porque de algún modo, siento que me
estás leyendo. Debería haberte escuchado cuando me recomendabas que lo hiciera.
Ahí tenés; el cobarde otra vez.
Igual, ya no soy tan cobarde como antes. Como
cuando te conocí. ¿Te acordás? Vos me ayudaste a mejorar, a crecer. Por lo
menos, dentro de nuestra casa, logré ser como realmente quise ser. Me quitaba
la “armadura” (como la llamabas vos) y podía expresarme libremente. ¿Y ahora?
¿Dónde seré yo, Paula? ¿Quién me ayudará a ser yo?
20
de Noviembre
Te amo. Te extraño. Te necesito. Te fuiste
sin mí. Dijiste que no te irías sola. Me lo prometiste.
21 de Noviembre
Perdón
por mi exabrupto de ayer. No porque decirte que te amo y te extraño lo sea,
sino porque ahora que lo leo, quedó descolgado. Fuera de lugar. Pero así como
quedaron desconectadas mis palabras, quedó desconectada mi vida el día que
decidiste partir. No sé cómo seguir, cómo continuar. Con tu último suspiro se
fue el mío. Todo me parece inútil, descolgado y fuera de lugar sin vos. Te amo
Paula. Ayer, hoy, mañana y siempre. Ojalá me estés leyendo ahora.
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