Estacionó la chiva a las dos de
la mañana. El último recorrido había finalizado un poco más tarde del horario
habitual. Él último pasajero, un español, se había despedido de él alegremente.
Aunque no estaba seguro si su efusividad se debía al contento experimentado en
el viaje, o al licor que había bebido, recibió su abrazo con una sonrisa
plasmada en el rostro. Una sonrisa que se extendió por unos cuantos minutos, mientras
contemplaba los euros que le había dejado de propina. Una vez que devolvió el
vehículo e hizo el papeleo correspondiente, se marchó a su casa. Una que
alquilaba en la diagonal 28B a muy buen precio y donde vivía desde su llegada a
aquella ciudad. La temporada alta en Cartagena se extendía durante todo el año
y él le daba gracias a Dios por su empleo y por trabajar en el sitio más bonito
de Colombia.
—¿Cuándo te vuelves
para Medellín, ‘mijo? Te extrañamos aquí. Yo, tu padre, tus primos. —le había
dicho su madre, en la última conversación telefónica.
—No lo sé. —no
deseaba decirle que no estaba en sus planes regresar. Le partiría el corazón.
—¿’Mijo? ¿Y Lilian?
¿No la has visto?
—No. “Siempre
preguntándome por ella. ¿Es que acaso no recuerda que me dejó? ¿Qué se marchó? ”Pensó
mientras oía la misma pregunta que le hacía, cada vez que se hablaba de ella.
“Aquí viene”, se dijo.
—¿ No vive
cerca de ti?
—No, mamá. Ya
se lo dije. Lo último que supe fue que se mudó cerca del Convento.
—Ah.—suspiró—
¿Y tú? ¿Cómo has estado? ¿Conservas aún esa moto del demonio?
—Sí.
—¡Cuídate
Micho! —le decía “Micho” porque se llamaba Michel. Y aunque no le gustaba,
jamás había dicho nada. Soportaba ese apodo horrible, tan sólo para
contentarla.
—Tranquila,
mamita. Aquí está tranquila la cosa. ¿Y Andrés? ¿Hay alguna novedad? ¿Se ha sabido
algo?
—No. Tu padre
anda enceguecido, juntándose con todo el mundo, preguntando por él.
— ¿No ha
pensado que tal vez, él no quiera que lo encuentren?
—Ay Micho. Yo
le he dicho lo mismo. Pero él no quiere creer que Andrés…—un silencio en la
línea, dejó evidenciado el dolor de una madre desesperada. —Tú sabes… puede que
él…
—¿Y Catalina?
—cambió el tema porque no deseaba oírla llorar.
—Catita está
bien. Pregunta por ti, cada vez que me ve. —Un ruido extraño se oyó a través
del teléfono.—Hijo, llegó papá…
—Bueno mamita.
Dale mis saludos al viejo gruñón. Adiós.
Recordó esa conversación mientras se recostaba con el cuerpo hecho
trizas. Desde esa vez, no había dejado de pensar en su hermano menor. ¿Qué
sería de la vida de Andrés? ¿Dónde andaría? Sabía por buenas fuentes, que
andaba involucrado con la fuerza militar, más conocida mundialmente por las
FARC-EP y que había tomado parte en algunos secuestros extorsivos. Giró sobre
su cama, apretó con fuerzas los parpados, como obligándose a dormir y le pidió
a Dios por la vida de su hermano. Finalmente, los ojos cedieron y el sueño lo
venció.
Un temblor en su cama, lo
despertó.
—¿Andrés?
—Hola —Estaba
sentado en el borde de su cama. Consultó la hora y hacía exactamente una hora y
veinte que se había acostado. Se restregó los ojos y fijó la vista para corroborar
si lo que estaba viendo era real.
—Soy yo,
Micho. —pudo ver a través de la barba espesa que enmarcaba su rostro moreno, su
sonrisa de costado, tan peculiar, tan suya. No había dudas. Era él.
—¿Qué haces aquí?
—Quería verte.
Quería saber cómo estabas. Te veo bien. Y eso me alegra el alma. A pesar de
vivir en esta pocilga.—Bromeó.
—Andrés,
tienes que hablar con papá. Está muy preocupado por ti.
—Lo sé. Lo sé.
Pero no he podido comunicarme con él, últimamente. Tú sabes…
—¿Dónde estás?
—Micho. Eso no
puedo decírtelo. Tú eres inteligente. Sabes que esa informa…
—¿Te tratan
bien?—Sus palabras se agolpaban en su boca. Quería hablar de todo. — Juan me
escribió. Me ha dicho que…
—Sí. Es
cierto. Tuvimos que cargarnos a su padre. Maldito hijo de puta.
—Pero Juan era
tu amigo, Andrés. Ese que traías a la casa. ¿Te acuerdas?
—Hermano, hay
tantas cosas que no entenderías. —se puso de pie lentamente y contempló la
pequeña habitación. Llevaba puesto el uniforme verde, y el fusil colgado hacia
un costado. Michel se destapó y descalzo caminó hacía él.
—Explícame.
Tal vez así deje más tranquilos a mamá y a papá.
—No. —de
espaldas, corría la cortina de la ventana que daba a la calle. Observaba los
alrededores.
—¿Qué haces en
Cartagena?
—Vine a verte.
Nada más.
—¿ninguna
misión entonces?
—No. Sólo el
deseo de ver a mi hermano querido. —Giró y lo contempló profundamente. Cuanto
había cambiado. Ya no veía a aquel muchachito que casi no esgrimía palabras.
Que no se involucraba en ninguna discusión, en ninguna riña. Éste frente a él,
era otro. Otro muy distinto. Sin embargo ahí estaba. Envuelto en un aura de
terror y seguridad. “Andrés el guerrillero”.
Michel se acercó despacio,
sonriéndole todo el tiempo. Mientras lo hacía pensaba en cuán fácil sería la
vida, si al igual que él, Andrés solo manejara un chiva, o vendiera arepas en
la calle, como lo hacía su madre. Todo sería más fácil. Extendió el brazo que
se topó son su hombro rígido y lo apretó con fuerza. Luego hizo lo mismo con el
otro. Lo miró fijo a los ojos.
—Viniste a
despedirte. Lo sé. —De un empujón lo atrajo hacia él y lo abrazó. A pesar de la
dureza de su físico, el abrazo pareció amoldarse a su cuerpo macizo. Le palmeó
la espalda y trató de tragarse cada una de las lágrimas que rodaban caprichosas,
por sus mejillas.
—Házmelo más
fácil.
—Lo
hare—susurró. Su cuerpo se fue separando del de su hermano, hasta apartarse
completamente. Michel nunca lo dejó de mirar. Quería retener, con cada pestañeo,
los detalles de su barba, de su pelo largo, de sus manos grandes, de todo. Se
alejó y volvió a la cama. Andrés lo observaba desde la ventana.
—Adiós,
Andrés.
—Adios, Micho.
Nunca supo si lo había soñado, o
había sido real.

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