—Negra, ¿Cuál
es el número de la Rosita?—le preguntó con el tubo del teléfono en la mano. A
punto de discar.
—Está anotado
en la libretita, gordo.
—No la
encuentro. —Tampoco la había buscado.
Marita se acercó con un paso
rápido. Llevaba el repasador enredado en sus manos blancas y heladas por el
frío del agua.
—Acá está. —
Después de buscar en la letra erre, le extendió la libretita diminuta con
espiral donde tenían anotados los números telefónicos de toda la familia, los
vecinos y amigos. —Cada vez más ciego vos. —Se alejó rápidamente y volvió a sus
tareas.
El artefacto dio seis vueltas
circulares perfectas, que fueron acompañadas por el particular sonido del
teléfono a disco.
—¿Hola? ¿Rosi?
—¿Gordo?
—Sí. ¿Cómo
están? Veo que ya les anda bien el aparato.
—Sí. Pepe lo
arregló. Después de tanto hincharle…
—¡Que alegría!
¿Mamá?
—Afuera.
Tomando mate con tu hermano. Ahí te la llamo. Doña, teléfono. —El grito le
pareció lejano pero cargado de sentimientos negativos.
Fueron unos largos minutos de
espera. No le molestó. Jugaba con el cable del teléfono mientras observaba las
caderas de su negra, ir y venir por el patio. “¡Qué hermosa es!” Pensó,
mientras se detenía en el rodete oscuro que le apretaba el cabello lacio.
—Hola.
—Hola viejita.
¿Cómo la está pasando? ¿Me la están tratando bien?
—Y…—titubeó—
Sí. Digamos que sí.
—¿Pero por qué
duda? Dígame en confianza. ¿Quiere que la vaya a buscar?
—No. No. Está
bien. Me vuelvo el domingo. Como habíamos quedado. No se preocupe.
—¿Seguro? Mire
que…
—No mijo, no
hay problema. Estoy bien. Es sólo que…
usted sabe como es la Rosita. —empezaba a hablar en susurros.
—Ya me lo
imagino. ¿Le hizo algo a usted?
—Nada. A mí
nada. Es al Pepe. Me lo trata como… —un silencio dejó evidenciada la cercanía
de la mujer. — un trapo de piso. —exclamó después de unos segundos.
—Y bueno
vieja. ¿Qué podemos hacer, nosotros? Nada. Él la quiere así: Arpía como es.
—Ya sé. Pero…
Dios mío. Me lo va a enfermar.
—El domingo,
cuando vaya por usted, me lo llevo a dar una vuelta por el pueblo, y veo si lo
puedo hacer entrar en razón. Pero no creo… la última vez…
—Sí. —Chasqueó
la lengua y resopló— Usted no se haga problema. ¿Cómo está la negra? ¿La
barriga?
—Bien. Viene
bien. El martes fue a ver al doctor. Marcha todo bien. Gracias a Dios.
—¡Que alegría!
Usted sí que tuvo suerte, con la negra. —Ya no hablaba en susurro. En cambio,
elevaba aún más la voz, buscando que la escuchasen. —Esa sí que es una
verdadera mujer. Una mujer con todas las letras. Hecha y derecha. No como otras
que…
—Mamá, no se
meta. Vamos a salir perdiendo todos. El Pepe la quiere, y la va a aguantar
hasta que se saque la venda de los ojos. Uno no puede decir ni mu. ¿Me oyó? ¡Ni
mu!
—Pero…
—Nada. Si no
está cómoda, la voy a buscar. Pero, escúcheme bien, no-se-me-ta—La escuchó rezongar
y sonrió. Sabía que algo estaba tramando. —Mamita, me llama cualquier cosa.
¿Está bien?
—Bueno.
Mándale un beso a la negra. Que se cuide, eh.
—Ahora mismo le
digo. Chau vieja.
Cortó y se quedó mirando fijo el
aparato. Se retrajo pensando. Pepe no era un mal tipo, al contrario. Siempre
había sido un hombre bueno, tranquilo y pacifico. Aunque todos se preguntaban
que le había visto a la Rosita, jamás le pusieron palos en la rueda. Al
contrario, lo apoyaron. Hasta lo aconsejaron y lo acompañaron cuando casi se
separan, después de lo del crio. Nunca
pensó dejarla. Nunca se le pasó por la cabeza abandonarla. Era claro, la amaba.
—¿Qué le hizo
ahora?—la voz de su mujer, lo sacó de sus pensamientos.
—No quise saber.
—Hiciste bien.
¿Tu vieja? Me imagino que indignada. Yo le dije: No vaya. Quédese en lo de
Juan. Pero no…
—Ya esta
grande. No le podemos decir qué hacer.
—Sí. Pero ya
no está para esos trotes.
—Bueno. Pero…
—Sí. Sí. Yo te
lo digo a vos…
—La voy a ir a
buscar en un par de días. No quiero que se quede ahí, amargándose hasta el
domingo. Mirá si le pasa algo… Me muero. Y al huevón ese, que tengo de hermano,
lo mato.
—Y… Tu hermano
necesita ayuda, gordo. Está ciego.
— ¿Que se le
va a hacer? No entiende. No hay manera de hacerlo entrar en razón.
—Contame otra
vez, cómo se conocieron, cómo fue que se enamoró de esa mujer. ¿Dónde era que la
conoció?
—Ella era la
prima de mi vecina. Venían todos los fines de semana. Pepe la venía
persiguiendo desde pendejos, pero ella nada. Hasta que el entró al Ejercito, y
bueno, ahí ella aceptó. Es claro por qué. —Marita se mordió el labio y se sentó
en la falda de su esposo. Lo miraba a la espera de más información. —Y bueno,
se pusieron de novios. El viejo no la quería ni un poco. Le prohibió que se
comprometieran. Pero Pepe ya estaba encajetado. Un fin de semana, no volvió a
casa y se apareció al siguiente, casado. Lo queríamos matar. De ahí, no se habló
más con papá, hasta… bueno. Esa parte, ya la sabes. Y la vieja siempre ahí,
apoyándolo, a pesar que la tipa esa, le hace las mil y una, ella sigue
firme. Sigue opinando, tratando de
hacerlo entender. No pierde las esperanzas.
—Y… ella trata
de ayudarlo. Es su hijo.
—Sí. Pero en
cosas de pareja, mejor no meterse. Él es grande, sabe lo que hace. Uno opina y
después, los que quedamos como la mona, somos nosotros. Yo no digo más
nada.
—En eso tenés
razón.
El teléfono, junto a ellos sonó y
los hizo saltar de la silla. Esperaron al segundo tono y la mujer atendió.
—Hola. Sí. —Se
incorporó de repente—¿Está bien ella? Ya mismo salimos para allá. Si. LLamá a
la policía. Si. No, Pepe. Tranquilo. Ahí vamos.
Dos horas más tarde, estacionaban
el auto y bajaban a las corridas. Marita no oía los reclamos de su marido que
le gritaba que se calmara, que cuidara el bebé. La policía ya se había ido.
Pepe salió a la puerta, a penas escuchó las puertas del vehículo. Se llevaba una
bolsa con hielo, a la cara. Tenía una expresión compungida, pero parecía estar alegre.
—¿Qué pasó?
—preguntaron exaltados.
—¿Estás bien
Pepe? ¿Y la vieja?
—Tranquilos. Ella está perfecta. Está recostada.
—¿Qué carajo
pasó?
—La vieja, le
puso los puntos a la Rosita.
—¿Cómo? y…
¿Dónde está?
—En el
hospital.
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