domingo, 13 de septiembre de 2015

Teléfono.



—Negra, ¿Cuál es el número de la Rosita?—le preguntó con el tubo del teléfono en la mano. A punto de discar.
—Está anotado en la libretita, gordo.
—No la encuentro. —Tampoco la había buscado.
Marita se acercó con un paso rápido. Llevaba el repasador enredado en sus manos blancas y heladas por el frío del agua.
—Acá está. — Después de buscar en la letra erre, le extendió la libretita diminuta con espiral donde tenían anotados los números telefónicos de toda la familia, los vecinos y amigos. —Cada vez más ciego vos. —Se alejó rápidamente y volvió a sus tareas.
El artefacto dio seis vueltas circulares perfectas, que fueron acompañadas por el particular sonido del teléfono a disco. 
—¿Hola? ¿Rosi?
—¿Gordo?
—Sí. ¿Cómo están? Veo que ya les anda bien el aparato.
—Sí. Pepe lo arregló. Después de tanto hincharle…
—¡Que alegría! ¿Mamá?
—Afuera. Tomando mate con tu hermano. Ahí te la llamo. Doña, teléfono. —El grito le pareció lejano pero cargado de sentimientos negativos.
Fueron unos largos minutos de espera. No le molestó. Jugaba con el cable del teléfono mientras observaba las caderas de su negra, ir y venir por el patio. “¡Qué hermosa es!” Pensó, mientras se detenía en el rodete oscuro que le apretaba el cabello lacio.
—Hola.
—Hola viejita. ¿Cómo la está pasando? ¿Me la están tratando bien?
—Y…—titubeó— Sí. Digamos que sí.
—¿Pero por qué duda? Dígame en confianza. ¿Quiere que la vaya a buscar?
—No. No. Está bien. Me vuelvo el domingo. Como habíamos quedado. No se preocupe.
—¿Seguro? Mire que…
—No mijo, no hay problema. Estoy bien.  Es sólo que… usted sabe como es la Rosita. —empezaba a hablar en susurros.
—Ya me lo imagino.  ¿Le hizo algo a usted?
—Nada. A mí nada. Es al Pepe. Me lo trata como… —un silencio dejó evidenciada la cercanía de la mujer. — un trapo de piso. —exclamó después de unos segundos.
—Y bueno vieja. ¿Qué podemos hacer, nosotros? Nada. Él la quiere así: Arpía como es.
—Ya sé. Pero… Dios mío. Me lo va a enfermar.
—El domingo, cuando vaya por usted, me lo llevo a dar una vuelta por el pueblo, y veo si lo puedo hacer entrar en razón. Pero no creo… la última vez…
—Sí. —Chasqueó la lengua y resopló— Usted no se haga problema. ¿Cómo está la negra? ¿La barriga?
—Bien. Viene bien. El martes fue a ver al doctor. Marcha todo bien. Gracias a Dios.
—¡Que alegría! Usted sí que tuvo suerte, con la negra. —Ya no hablaba en susurro. En cambio, elevaba aún más la voz, buscando que la escuchasen. —Esa sí que es una verdadera mujer. Una mujer con todas las letras. Hecha y derecha. No como otras que…
—Mamá, no se meta. Vamos a salir perdiendo todos. El Pepe la quiere, y la va a aguantar hasta que se saque la venda de los ojos. Uno no puede decir ni mu. ¿Me oyó? ¡Ni mu!
—Pero…
—Nada. Si no está cómoda, la voy a buscar. Pero, escúcheme bien, no-se-me-ta—La escuchó rezongar y sonrió. Sabía que algo estaba tramando. —Mamita, me llama cualquier cosa. ¿Está bien?
—Bueno. Mándale un beso a la negra. Que se cuide, eh.
—Ahora mismo le digo. Chau vieja.
Cortó y se quedó mirando fijo el aparato. Se retrajo pensando. Pepe no era un mal tipo, al contrario. Siempre había sido un hombre bueno, tranquilo y pacifico. Aunque todos se preguntaban que le había visto a la Rosita, jamás le pusieron palos en la rueda. Al contrario, lo apoyaron. Hasta lo aconsejaron y lo acompañaron cuando casi se separan, después de lo del crio.  Nunca pensó dejarla. Nunca se le pasó por la cabeza abandonarla. Era claro, la amaba.
—¿Qué le hizo ahora?—la voz de su mujer, lo sacó de sus pensamientos.
—No quise saber.
—Hiciste bien. ¿Tu vieja? Me imagino que indignada. Yo le dije: No vaya. Quédese en lo de Juan. Pero no…
—Ya esta grande. No le podemos decir qué hacer.
—Sí. Pero ya no está para esos trotes.
—Bueno. Pero…
—Sí. Sí. Yo te lo digo a vos…
—La voy a ir a buscar en un par de días. No quiero que se quede ahí, amargándose hasta el domingo. Mirá si le pasa algo… Me muero. Y al huevón ese, que tengo de hermano, lo mato.
—Y… Tu hermano necesita ayuda, gordo. Está ciego.
— ¿Que se le va a hacer? No entiende. No hay manera de hacerlo entrar en razón.
—Contame otra vez, cómo se conocieron, cómo fue que se enamoró de esa mujer. ¿Dónde era que la conoció?
—Ella era la prima de mi vecina. Venían todos los fines de semana. Pepe la venía persiguiendo desde pendejos, pero ella nada. Hasta que el entró al Ejercito, y bueno, ahí ella aceptó. Es claro por qué. —Marita se mordió el labio y se sentó en la falda de su esposo. Lo miraba a la espera de más información. —Y bueno, se pusieron de novios. El viejo no la quería ni un poco. Le prohibió que se comprometieran. Pero Pepe ya estaba encajetado. Un fin de semana, no volvió a casa y se apareció al siguiente, casado. Lo queríamos matar. De ahí, no se habló más con papá, hasta… bueno. Esa parte, ya la sabes. Y la vieja siempre ahí, apoyándolo, a pesar que la tipa esa, le hace las mil y una, ella sigue firme. Sigue opinando, tratando de hacerlo entender. No pierde las esperanzas.
—Y… ella trata de ayudarlo. Es su hijo.
—Sí. Pero en cosas de pareja, mejor no meterse. Él es grande, sabe lo que hace. Uno opina y después, los que quedamos como la mona, somos nosotros. Yo no digo más nada.
—En eso tenés razón.
El teléfono, junto a ellos sonó y los hizo saltar de la silla. Esperaron al segundo tono y la mujer atendió.
—Hola. Sí. —Se incorporó de repente—¿Está bien ella? Ya mismo salimos para allá. Si. LLamá a la policía. Si. No, Pepe. Tranquilo. Ahí vamos.
Dos horas más tarde, estacionaban el auto y bajaban a las corridas. Marita no oía los reclamos de su marido que le gritaba que se calmara, que cuidara el bebé. La policía ya se había ido. Pepe salió a la puerta, a penas escuchó las puertas del vehículo. Se llevaba una bolsa con hielo, a la cara. Tenía una expresión compungida, pero parecía estar alegre.
—¿Qué pasó? —preguntaron exaltados.
—¿Estás bien Pepe? ¿Y la vieja?
—Tranquilos. Ella está perfecta. Está recostada.
—¿Qué carajo pasó?
—La vieja, le puso los puntos a la Rosita.
—¿Cómo? y… ¿Dónde está?
—En el hospital.

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