miércoles, 30 de septiembre de 2015

Flores en el bondi



Como todos los días a las seis y cuarenta de la mañana, salío de su casa, cruzó el jardín y abrío la reja que lo separaba de la calle. Antes de dirigirse a la parada, contro si la puerta había quedado bien cerrada. Le daba pánico pensar que, tal vez, debido a su somnolencia, podría dejarla abierta. Y, así, los amigos de lo ajeno, irrumpirían en su pequeño edén, quitándole todo lo que se había ganado con esfuerzo y sacrificio. Chequeó otra vez, por las dudas.
Dio los ciento ochenta y dos pasos hasta la esquina, y esperó a que su colectivo apareciera. Como siempre, y gracias a la puntualidad excesiva del chofer, para las seis y cuarenta y ocho, ya estaba camino al trabajo. Se acomodó en el asiento de siempre, el que estaba delante de la rueda trasera. Tomó el libro de turno y se dispuso a leer.
Sus ojos vagaban por las primeras líneas del capítulo número doce, cuando un perfume floral, lo invadió todo. ¿Jazmines y rosas en el bondi? Intentó continuar con la lectura, pero aquello lo llevó a cerrar con ahínco su ejemplar y voltearse a ver de dónde provenía esa fragancia. La sola idea de que alguien hubiera subido con flores en su mano le daba curiosidad. ¿Para quién serían? ¿Por qué razón las llevaría tan temprano?
Recorrió las nucas de los que estaban sentados en su misma fila. Lentamente y con cautela, giró sobre su cuerpo, y volteó a ver si provenía del fondo.  Nadie con flores en el bondi. Era de suponerse, ¿quién llevaría flores a las siete de la mañana?  Nadie.
Afortunadamente, el olor iba mermando de a poco. Ya no le hacía picar la nariz, ni le producía ese cosquilleo placentero pero raro, en el estomago. Se relajó en el asiento. Miró a través del vidrio y contempló los primeros rayos del sol de invierno. Inspiró y exhaló. Aún le quedaba una hora de viaje.
Antes de volver a abrir el libro y remitirse a las últimas oraciones que sus ojos habían leído, acarició suavemente su tapa rígida, sintiendo en la punta de los dedos, la uniformidad de su textura. Suspiró. Se agarró firmemente del pasamano cuando el colectivo pareció deslizarse a través de la calle y provocarle una sensación inusual. No le dio importancia.
Despacio, fue buscando la hoja en la que había quedado. Como había cerrado el libro tan inoportunamente y con gran ímpetu, no se había concentrado en el número de la página. Por eso, recorrió varias hojas, hasta llegar a la que deseaba. Mientras avanzaba, un olor nauseabundo le revolvió las entrañas. Tanto se descompuso que se vio obligado a abrir un poco la ventana, sin prestarle demasiada atención a las caras largas que le regalaban los que estaban a su alrededor. ¡Qué asco!
Se llevó la mano izquierda a la nariz y mientras apretaba un ojo, con el otro observaba a los demás. Ninguno, salvo él, parecía sentir aquel olor repulsivo. Volvió a abrir el libro y se apresuró por llegar al capítulo doce. Quería comenzar a leer y olvidarse del mundo y de los olores. Del colectivo y de los idiotas con flores y los cerdos que, bueno… se les escapaban asquerosidades.
Cerró los ojos y trató de concentrarse en la historia que tenía en frente. Esa escrita con tinta, rodeada de comas, puntos, párrafos y signos. No pudo. Otra vez las flores. Esa fragancia dulce que a diferencia de la anterior, lo remetía a recuerdos bonitos e instancias de su vida en las que había sido feliz con alguna mujer.
Pero, si bien se sentía bien con esa fragancia dulzona dándole vueltas por las fosas nasales, quería saber de dónde provenía. Y otra vez la misma incógnita: ¿Quién anda con flores en el bondi y... a esa hora? Y, si no eran flores… debía… Eso. Debía ser un perfume en particular. Sí. Seguramente, alguna señorita, niña o anciana llevaba en su piel aquella delicia.
El timbre sonó y a él le pareció ver a una bella dama esperando a que las puertas se abrieran. Seguramente, ella sería la dueña de ese olor.
Se puso de pie velozmente y, empujando, caminó hasta la puerta. Llegó a tiempo, antes de que el chofer frenará. Inspiró con toda su capacidad, justo detrás de la mujer, disfrazando su accionar con la posibilidad de bajar. Para su desazón, ella llevaba sobre su piel otra clase de perfume. Uno ácido, que le hizo rechinar los dientes.
Todavía le faltaban cuarenta y cinco minutos para llegar a su destino. Iba parado, incómodo y con el maldito libraco en la mano. No sabía dónde poner o cómo agarrarlo, sin ninguna posibilidad de poder moverse o acomodarse para guardarlo.
Como si Dios hubiese oído sus plegarias, un hueco se liberó. Una parada habitual dejó al colectivo casi vacío de pasajeros parados. Al cabo de unos minutos, pudo sentarse otra vez. Se estiró en el asiento. Volvió a mirar por la ventana y se relajó con el sol que ya entibiaba la mañana. Abrió el libro en la página marcada por su índice derecho y se dedicó a leer. Si bien se sintió tentado de volver a comenzar el párrafo, continuó donde había dejado. No volvió a leer;  “Las rosas y los jazmines acechan la ciudad desde que la conocí…”

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