—Guárdame en tu corazón por siempre. —le dijo
en un susurro. Tomó su valija y se subió al autobús. No lo volvió a mirar.
Sabía que si sus ojos se encontraban con los de él, una vez más, arrojaría su
equipaje y volvería a sus brazos.
“Tenías que dejarlo” le decía y le repetía
una voz siniestra en su interior. Ella sabía que era lo mejor. Pero aún así, abandonarlo
se convirtió en lo más difícil que hizo un su vida. Porque sabía muy bien que
jamás le permitirían volver. Y que tampoco
lo intentaría. De hacerlo, tal vez, lo perjudicaría.
Releyó la primera oración de la página del
libro, que su compañero de asiento iba leyendo: “If you really want to hear about it, the first thing you’ll
probably want to know is where I was born…” Si de verdad querés saber acerca de eso,
lo primero que querrás saber es dónde nací.
“El guardián entre el centeno”
o “The catcher in the Rye”. Había
oído hablar de ese libro, pero jamás lo había leído. Ni siquiera había leído
nada de ese autor. Aunque hubiese podido continuar, se quedó con la primera
frase en la cabeza. ¿Dónde nací? México.
El autobús ya se había alejado de la gran
ciudad, cuando se dignó a levantar la cabeza y observar el paisaje que la
rodeaba. Eran veinte los que viajaban hacia el mismo lugar. Doce hombres, dos
niños y seis mujeres. Obviamente, todos mejicanos. Deportados.
Nadie hablaba. El aire se cortaba con el
sonido leve de las hojas del libro, que una a una iban pasando. Dos policías en
la parte delantera, giraban de a ratos la cabeza, para ver en qué estaban los
pasajeros. Cada tanto se oía algún chiste o algún comentario que le propinaban
al conductor, otro policía. Para ellos era un día más de trabajo. En cambio
para los otros veinte, la vida se les acababa. Los proyectos se les escurrían como
arena entre los dedos y el mundo se derrumbaba ante sus ojos. No podían hacer
más, que contemplar el paisaje árido que los rodeaba.
La ruta sobre la que tantas veces había
conducido, la llevaba por última vez a su destino. La devolvía a un destino del
que se había escabullido, del que se había burlado y que ahora, la enfrentaba
sonriente y desafiante.
¿Qué estaría haciendo? Jugando, seguramente.
No es lo suficientemente grande como para entender sobre su eminente partida.
Con cinco años aún las cosas no son las cosas y la magia existe. Santa trae
regalos y el hada de los dientes te deja dinero. Él seguiría su vida allí;
asistiendo al mismo kindergarten. Ella volvería a su tierra con la pena en el
alma.
Dejar a su hijo no era una decisión fácil de
tomar. Pero la realidad y las posibilidades la ayudaron a esclarecer sus ideas.
No se lo llevaría a México a pasar penurias. Su hermana, ya ciudadana, lo
criaría con lo mejor. No dudaba en que allí alcanzaría todas sus metas. Tendría
más oportunidades y sería feliz. Sin su madre, pero feliz.
Una
lágrima rodó por su mejilla y giró la cabeza, para que el hombre a su lado no
la viera. No quería flaquear. Todos se veían tan fuertes, decididos. Tristes
sí, pero firmes. Con la frente en alto. Sus lágrimas no ayudarían.
—Llore.
—Murmuró en español su compañero, sin despegar los ojos de la lectura.
—No.
—Hágalo.
Le va a ayudar. Hágame caso.
Lentamente,
sintió un calor tibio sobre su mano. El hombre había apoyado la suya, sobre la
de ella. Se volvió para mirarlo y se encontró con unos ojos cargados de paz y
resignación. Se concentró tanto en sus ojos que hasta podía contar sus
pestañeos. Jamás recordó su nariz, su voz o su cara. Sí sus ojos y su cálida
mano. No lo pudo evitar, y otra lagrima rebelde, se suicidó.
—No
quiero llorar.
—Lo
sé. Pero créame, después de hacerlo, se va a sentir mejor.
—¿Cómo
lo hace?
—¿Qué
cosa?
—Permanecer
así, tan impermeable. Tan impoluto. Tan tranquilo.
—¿Qué
más puedo hacer? Ya lloré lo que tenía que llorar.
—¿Qué
haremos ahora?
—Seguir
viviendo.
Continuará...
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