Los oyó una madrugada en la que
el calor no lo dejaba dormir. El ventilador no daba abasto, y los mosquitos se
hacían un festín con su dulce sangre. Las ronchas le picaban y la traspiración
de la almohada le impedía relajar la cabeza.
Estaba tratando de concentrarse en algo bello, tieso y romántico que lo
condujera por el camino del sueño, cuando un pequeño golpecito en las chapas
que cubrían su techo de madera, lo desconcertó.
Al principio, creyó que era algún
gato o algún ratón, que se había lanzado sobre su techo. Esperó unos segundos y
el mismo sonido, se repitió. Aunque esta vez, fue un poco más claro, más
profundo. Se sentó en la cama y corroboró que su mujer siguiera durmiendo.
Respiró, cuando la escuchó roncar a su lado. No quería despertarla. No quería
alarmarla. ¿Y si se trataba de algún ladrón? Quizás, en su desesperación por escapar, saltó
sobre las chapas de su habitación. No. Eso sería prácticamente imposible.
Se mantuvo erguido por varios
minutos, con los ojos grandes bien abiertos. Observaba la ventana, a la espera
de alguna sombra, o algún movimiento extraño. Nada. Parece que los sonidos se
habían esfumado. Seguramente, había sido un gato.
Se recostó pensando que si sus
sospechas eran acertadas, el maullido del gato en celo, no tardaría en coronar
la pésima noche que estaba teniendo. ¿Algo más? ¿Algo más además del calor y
los mosquitos? No alcanzó a cerrar los ojos para retomar el sueño, cuando un
sonido mucho más claro que el anterior, lo ocupó todo. Esta vez no era un simple
retorcijón de la chapa. Ahora crujía la casa entera, como si algo muy pesado se
estuviera parado sobre ella. Si le hubiesen preguntado en ese momento; en
calzoncillos, bañado en sudor y malhumorado, hubiese dicho que en vez de gatos,
parecían elefantes.
Se decidió por bajar la
intensidad del ventilador que pedía a gritos un respiro. Rogó que su mujer no
notara el cambio en el ambiente. Caminó descalzo hasta la ventana con
mosquitero, que descansaba abierta de par en par, para que la más mínima gota
de aire, se decidiera a entrar. Apoyó las manos sobre el alambrado que lo
separaban de los bichos molestos y estiró el cuello, para ver de qué se trataba. No logró ver nada. Se obligó a volver a la cama y dormir. ¿Estaría
alucinando? ¿Puede el calor y la falta de descanso, hacer alucinar a alguien?
No.
No sabe si se quedó dormido mucho
tiempo, pero un ruido seco y rotundo lo despertó. Creyó que las vigas se le
caerían encima. Un frió helado le recorrió el cuerpo sudoroso. Esta vez no se
movió. En cambio, permaneció duro entre las sabanas húmedas. ¿Qué sería ese
sonido? Gatos no podía ser. No son lo suficientemente pesados, como para
generar semejante vibración y movimiento. Las chapas y las maderas parecían
estar retorciéndose. ¿Estaría soñando? No. El mosquito que acababa
de aplastar sobre su oreja, lo comprobaba. Estaba despierto.
Bajó las escaleras y salió al
patio. Las estrellas acompañaban a la luna llena que se mostraba en todo su
esplendor. Era una noche bellísima. Se detuvo en medio del jardín, desde donde
se podía ver el techo de su habitación.
Se restregó los ojos más de una
vez, para corroborar si estaba viendo bien. Dos siluetas enormes se erguían
sobre su casa. Se movían. Dio unos pasos más atrás y desde ese lugar, la
perspectiva le permitió ahondar en más detalles.
Sobre una de las caídas de su
techo a dos aguas, dos gigantes conversaban. Supo que así lo hacían porque
movían sus manotas de acá para allá. Sus enromes pies colgaban sobre el
lavadero. Miró a su alrededor, como buscando un testigo o una respuesta, y la
sorpresa lo paralizó. Otros dos, sobre el techo del vecino, señalaban la luna y
las estrellas. En la casa de Susana, un
gigante solitario, se recostaba sobre la loza maciza, que había mandado a
construir la pasada primavera.
El asombro lo llevó a caerse de
cola en el pasto. Sus ojos casi no pestañaban.
No podía creer lo que estaba presenciando. Chasqueó la lengua y caminó hasta el caminito
empedrado que conducía hasta el garaje. Se agachó y eligió de las primeras
piedras que vio, la dos más grandes. Regresó al parque, y de allí, balanceó su
brazo hasta posicionarlo de tal manera, que le permitiera lanzar las piedras
certeramente. Puntería no le faltaba.
La primera que revoleó fue a
parar al techo de la cocina. “Idiota” pensó. Menos mal que había agarrado dos.
El segundo intento, afortunadamente le dio en la espalda a uno de los gigantes.
Lo vio rascarse y seguir conversando. Corrió a tomar otra piedra. La besó, a
modo de suerte, antes de arrojarla. Su puntería se había afilado; le dio en el
mismo sitio. Esta vez el grandote lo notó. Giró el cuello despacio y lo
encontró con la mirada.
—¡Ey!¡Ey! Dejen dormir, carajo.
—Caminó con un paso seguro hasta su habitación. Se acostó y oyó como lentamente,
la casa se aflojó. La tensión cedió y las chapas lentamente dieron su último
suspiro. Dio media vuelta y se durmió.
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