jueves, 3 de septiembre de 2015

Dejen dormir.



Los oyó una madrugada en la que el calor no lo dejaba dormir. El ventilador no daba abasto, y los mosquitos se hacían un festín con su dulce sangre. Las ronchas le picaban y la traspiración de la almohada le impedía relajar la cabeza.  Estaba tratando de concentrarse en algo bello, tieso y romántico que lo condujera por el camino del sueño, cuando un pequeño golpecito en las chapas que cubrían su techo de madera, lo desconcertó.
Al principio, creyó que era algún gato o algún ratón, que se había lanzado sobre su techo. Esperó unos segundos y el mismo sonido, se repitió. Aunque esta vez, fue un poco más claro, más profundo. Se sentó en la cama y corroboró que su mujer siguiera durmiendo. Respiró, cuando la escuchó roncar a su lado. No quería despertarla. No quería alarmarla. ¿Y si se trataba de algún ladrón?  Quizás, en su desesperación por escapar, saltó sobre las chapas de su habitación. No. Eso sería prácticamente imposible.
Se mantuvo erguido por varios minutos, con los ojos grandes bien abiertos. Observaba la ventana, a la espera de alguna sombra, o algún movimiento extraño. Nada. Parece que los sonidos se habían esfumado. Seguramente, había sido un gato.
Se recostó pensando que si sus sospechas eran acertadas, el maullido del gato en celo, no tardaría en coronar la pésima noche que estaba teniendo. ¿Algo más? ¿Algo más además del calor y los mosquitos? No alcanzó a cerrar los ojos para retomar el sueño, cuando un sonido mucho más claro que el anterior, lo ocupó todo. Esta vez no era un simple retorcijón de la chapa. Ahora crujía la casa entera, como si algo muy pesado se estuviera parado sobre ella. Si le hubiesen preguntado en ese momento; en calzoncillos, bañado en sudor y malhumorado, hubiese dicho que en vez de gatos, parecían elefantes.
Se decidió por bajar la intensidad del ventilador que pedía a gritos un respiro. Rogó que su mujer no notara el cambio en el ambiente. Caminó descalzo hasta la ventana con mosquitero, que descansaba abierta de par en par, para que la más mínima gota de aire, se decidiera a entrar. Apoyó las manos sobre el alambrado que lo separaban de los bichos molestos y estiró el cuello, para ver de qué se trataba.  No logró ver nada.  Se obligó a volver a la cama y dormir. ¿Estaría alucinando? ¿Puede el calor y la falta de descanso, hacer alucinar a alguien? No.
No sabe si se quedó dormido mucho tiempo, pero un ruido seco y rotundo lo despertó. Creyó que las vigas se le caerían encima. Un frió helado le recorrió el cuerpo sudoroso. Esta vez no se movió. En cambio, permaneció duro entre las sabanas húmedas. ¿Qué sería ese sonido? Gatos no podía ser. No son lo suficientemente pesados, como para generar semejante vibración y movimiento. Las chapas y las maderas parecían estar retorciéndose.   ¿Estaría soñando? No. El mosquito que acababa de aplastar sobre su oreja, lo comprobaba. Estaba despierto. 
Bajó las escaleras y salió al patio. Las estrellas acompañaban a la luna llena que se mostraba en todo su esplendor. Era una noche bellísima. Se detuvo en medio del jardín, desde donde se podía ver el techo de su habitación.
Se restregó los ojos más de una vez, para corroborar si estaba viendo bien. Dos siluetas enormes se erguían sobre su casa. Se movían. Dio unos pasos más atrás y desde ese lugar, la perspectiva le permitió ahondar en más detalles.
Sobre una de las caídas de su techo a dos aguas, dos gigantes conversaban. Supo que así lo hacían porque movían sus manotas de acá para allá. Sus enromes pies colgaban sobre el lavadero. Miró a su alrededor, como buscando un testigo o una respuesta, y la sorpresa lo paralizó. Otros dos, sobre el techo del vecino, señalaban la luna y las estrellas.  En la casa de Susana, un gigante solitario, se recostaba sobre la loza maciza, que había mandado a construir la pasada primavera.
El asombro lo llevó a caerse de cola en el pasto. Sus ojos casi no pestañaban.  No podía creer lo que estaba presenciando.  Chasqueó la lengua y caminó hasta el caminito empedrado que conducía hasta el garaje. Se agachó y eligió de las primeras piedras que vio, la dos más grandes. Regresó al parque, y de allí, balanceó su brazo hasta posicionarlo de tal manera, que le permitiera lanzar las piedras certeramente. Puntería no le faltaba.
La primera que revoleó fue a parar al techo de la cocina. “Idiota” pensó. Menos mal que había agarrado dos. El segundo intento, afortunadamente le dio en la espalda a uno de los gigantes. Lo vio rascarse y seguir conversando. Corrió a tomar otra piedra. La besó, a modo de suerte, antes de arrojarla. Su puntería se había afilado; le dio en el mismo sitio. Esta vez el grandote lo notó. Giró el cuello despacio y lo encontró con la mirada.
—¡Ey!¡Ey! Dejen dormir, carajo. —Caminó con un paso seguro hasta su habitación. Se acostó y oyó como lentamente, la casa se aflojó. La tensión cedió y las chapas lentamente dieron su último suspiro. Dio media vuelta y se durmió.

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