Abrió los ojos y el paisaje que encontró la desmoralizó. Aunque despertaba en el mismo lugar todos los días, no se acostumbraba a la depresión y a lo tétrico del lugar. Recorrió con la mirada los muebles abarrotados de cosas; que iban desde un cepillo de pelo, hasta medias y bombachas.
El sonido de la calle, la condujo a observar la ventana, ubicada más allá de la mesita de luz, y notó que las cortinas no dejaban entrar la luz del día. La penumbra en la que se sumía su habitación, la entristecía. Se sentó en la cama y se dio cuenta que todavia estaba vestida. No recordaba cómo había llegado hasta allí, pero tampoco le preocupaba. Seguramente, Juan José, la había cargado desde alguna de las habitaciones de abajo, hasta la suya en el primer piso. Juan José era un buen hombre. Un hombre que al igual que ella, el destino lo había puesto en el lugar equivocado. Él se hacía cargo de las chicas y las protegía. Él era en ese infierno, un pedacito de cielo resplandeciente.
Los pestillos del ventanal opaco, cedieron y el sol entró de repente, sin pedir permiso, bañándolo todo. Iluminando cada rincón. "Así está mejor" pensó. Se desperezó y absorvió la energía que la luz le otorgaba desinteresadamente. Con los pelos enmarañados, la pintura corrida y ojerosa, se asomó a recibir aquellos sonidos que la habían conducido hasta allí. El pueblo se encontraba en todo su esplendor. Por el movimiento y la presencia de los niños yendo y viniendo, calculó que serían cerca del medio día. Cuando por fin se disponía a retirar sus ojos de los pequeños, algó o alguien llamó su atención. Creyó verlo recorriendo la calle empedrada, con sus pantalones cortos y su cabello desparramado, como siempre. Se desalentó al caer en la cuenta que no era más que un niño muy parecido a él. Últimamente, todos se parecían a él.
Contempló la escena absorta por los movimientos graciosos y las fechurías que iban haciendo al pasar. Sonrió nostálgicamente al recordar, por enésima vez, aquella mañana. La mañana en la que, asomados desde la barranca, fueron testigos de la gran crecida del río. Una crecida tan feróz que se había llevado todo. Hasta sus ganas de vivir.
Ese mismo día, partió a la ciudad, en busca de su destino. Nunca más volvió. ¿Cuantós años tendría ahora? ¿Doce, trece, quince? El nudo en la garganta la ahogó. Tosió y se dirigió al baño. LLenó la tina y se sumergió. El calor ya azotaba la ciudad y el agua fresca actuaba como un calmante poderoso. A pesar que intentó pensar en otra cosa, su mente la devolvió al campo de sus padres, a la crecida del río, a la despedida cruel y a su vaca. Con esa vaca, habían desaparecido todos sus sueños. Río abajo, avanzaban mojados, embarrados, hundidos en la tierra. Al igual que su animalito, daban vueltas entre las ramas, el fango y todo lo demás que era arrastrado por la corriente. Ya no podría desenterrarlos, ni volver a elaborar otros nuevos. Ya no había otro destino para ella. Lo supo allí mismo, en la barranca, cuando sus lágrimas sellaron su futuro.
Recorrió la habitación desnuda, en busca de lo que se pondría. Su turno comenzaba a las cinco de la tarde y aún eran las doce y media. Bajaría a comer algo con las demás. Trató de desviar sus pensamientos una y otra vez. Mientras se vestía, mientras bajaba la escalera, mientras saludaba a Juan José. Venían velozmente para alojarse en su cabeza y hacer un nido allí. Los apartaba con manotazos imaginarios, pero como las moscas, volvían a posarse en ella. Nada borraba de su mente, la imagen de su hermano, ni el último abrazo que le dio. Cuánto lo extrañaba. Sólo a él, solamente a él.
Por momentos, deseaba regresar, deseaba verlo otra vez. Cambiaba de opinión de inmediato. Imaginaba el reproche constante de sus padres: Se había convertido en una piruja. La agobiaba la posibilidad de un rechazo por parte de él. Si aún le sobraba algo de dignidad, no pisaría esa casa nunca más.
—¡Todo por esa maldita vaca! —dijo sobresaltada. Al ver a las demás obervarla azoradas, cayó en la cuenta que su pensamiento se había hecho voz. Sonrió nerviosa y se concentró en su plato de caldo. Volvió a sumergirse en las imágenes del pasado, que una vez más la atormentaban.
Juan José se incorporó en la silla cuando oyó la puerta abrirse. Consultó la hora y aún era muy temprano para recibir clientes. Las chicas, sentadas en la barra, giraron sobre sus asientos a inspeccionar al visitante misterioso. Ella en cambio, no quitaba los ojos de su sopa, que se había convertido en fango y en lodo, en agua de río. Desesperada, corrió a su habitacion y se tendió a llorar.
—Ey, es temprano aún. Abrimos a las cinco, hombre. —Desde la penumbra del lugar, que casi no contaba con ventanas, y las pocas que había estaban cubiertas, no se podía distinguir al intruso. Avanzaba con un paso lento pero seguro y sin importarle las palabras amenanzantes del grandote, que ya se paraba a recibirlo. —¡Olga! LLamá al patrón. —cuando por fin lo tuvo en frente, gritó—Deja. Deja. Si no es más que un simple muchachito. —Volvió a ocupar su lugar.
—Busco a mi hermana. —tronó la voz del joven, casi tan alto como Juan José, aunque con una cara angelical y aniñada, que inspiraba mucho más que ternura.
—¿Tu hermana? ¿Quién es tu hermana, corazón?—le susurraba una de las muchachas, mientras lo abrazaba sugestivamente. El joven no respondió y en cambio, dirigió un vistazo a las mujeres en paños menores que ya lo rodeaban, como si fuera una presa, lista para ser devorada. Una a una, fue recorriendo sus rostros y sus gestos, sin prestar atención a lo que le preguntaban. Sus ojos se movían nerviosos entre las sonrisas pícaras y los guños de las más adultas.
Casi se tiende a llorar en aquel lugar, alejado de su casa, cuando no la encontró entre las demás. Al igual que la vez anterior, sintió deseos de estar en su cama, tirarse a dormir y olvidarla de una vez por todas. No sabía cuanto más iba a a ser capáz de soportar otra desepción. Se secó las lágrimas y se dejó llevar por Juan José que lo empujaba a la salida. Una vez afuera, se sentó en el costado de la calle a observar aquel sitio que no parecía más que una antigua casona de dos pisos. Apoyó los codos sobre las rodillas, y se instó a tener fe. Había hecho una promesa y estaba dispuesto a dar la vida para cumplirla.
No sabe cuánto tiempo estuvo en la misma posición, pero cuando sintió el calambre en las piernas encogidas, se quejó del dolor. El ruido de la puerta abrirse, llamó su atención. Divisó algunas mujeres limpiando las mesas, que ya se distinguían a través de la calle, mientras que otras salían con bolsas de compras. El movimiento lo cautivó. Parecían una gran familia. Sus ojos enrojecidos, vagaron por las caras sonrientes de las muchachas que se abanicaban en la vereda. Una de ellas, la más alta, elevó sus ojos y levantó su mano. ¿A quién saludaría? Un pequeño ventanal abierto de par en par en el primer piso, se asomaba sobre las cabezas del grandote y las mujeres.
—Oye, Baja. Juan José nos llevará al salón. ¿Vienes?—hablaba a los gritos. Paraecía no importarle que el pueblo durmiera la siesta.
Lo primero que vio fue su cabellera, larga y morena. Su piel blanca resplandecía ante el sol chispeante de la tarde. No oyó lo que ésta le respondió porque el mundo para él se detuvo allí mismo. Se puso de pie despacio y dio unos pequeños pasos. Se quitó el sombrero y la observó sin prejuicios. Allí estaba su hermana Tacha. Avanzó un poco más y se detuvo en medio de la calle. "Mirame, mirame, mirame" repetía sin cesar. Por fin ella se decidió a mirarlo. Él que había pensado tantas frases para decirle, no tenía el valor para decir nada. Todas las palabras se morían antes de nacer. Desapareció del ventanal y unos segundos de confusión, lo llevaron a pensar que no lo había reconocido. La vio venir corriendo y cruzar las calles a las zancadas. La visión del vestido rosa se le hizo realidad. Él avanzó los metros que los separaban y de un segundo a otro, sus cuerpos se encontraron en un abrazo sin fin. Un abrazo largo y doloroso, cargado de penas, miedos e incertidumbres.
—Hermanito. Hermanito mío.—Sollozaba ella, envuelta en el aroma de aquel pequeño que ya lograba contenerla en su totalidad.
— Tacha...Vine por ti. Vine a buscarte.—ella lo contempló dulcemente.
—Lo siento. Lo siento tanto. —Se arrodilló en el suelo, incapaz de dejar de llorar. Él se acercó despacio ya igual que esa vez en la barranca, la abrazó.
—No fue tu culpa. Fue la vaca. Fue la maldita vaca.
Fin
muy buena el final alternativo :v
ResponderEliminarOMG✌️
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