jueves, 18 de agosto de 2016

Cuidar el amor


Todos perdimos un amor. Algunos lo perdieron por idiotas. A otros se los arrebataron, como se arrebata la cartera de una anciana en plena calle. Cabe aclarar que cuando hablamos de perdida, dícese de la pareja que nos abandona o nos engaña. O del amor que se fue con la vida porque Dios lo ha querido así. Tampoco hablo de mujeres u hombres específicamente. Hablo de los padres, de los amigos, de los compañeros, de nuestras mascotas. Hablo del amor perdido. Ese que cada tanto, nos viene a dar una cachetada de revés porque lo hemos olvidado, o dejado de lado.
En mi caso y, afortunadamente, solo he perdido un par de amores. Mi perro Grako y mi amigo Nahuel. A los dos me los arrebataron. Pero no quiero ponerme triste ni sentimental. No quiero que crean que estoy acá para contarles acerca de mí. No. Vengo a dar testimonio de lo importante que es sufrir una perdida. Al principio no lo entendí.
Muchas veces luchamos contra del destino. Renegamos de las decisiones que hemos tomado y nos han llevado a donde estamos parados. No sólo nos quejamos de lo que hacemos nosotros sino que también, culpamos a los demás. Y cuando hablo de los demás no me refiero particularmente a las personas. Culpamos a éste, aquel, a Dios, al universo y a la mar en coche. Todos tienen la culpa de la situación que estamos pasando. Es su culpa que nosotros hayamos perdido a alguien. Ojo que ese enojo es completamente normal. Nadie quiere sufrir. Nadie quiere ser abandonado. Y menos que menos, nadie quiere decirle “hasta siempre” a un ser querido.
Nahuel era otro cantar. Hablo de él porque fue quien me enseñó, en sus últimos días, lo importante que es atravesar por situaciones como la pérdida de un amor.
Por esos momentos, cuando la enfermedad lo tenía tirado en una cama, hablábamos mucho de mi perro. Él sabía muy bien todo lo que había significado Grako para mí y cuanto había sufrido al perderlo. Una mañana, mientras tomábamos un té me dijo; “Sufrir es parte del crecimiento. Hay que sufrir para aprender a valorar y a amar mejor.” Yo me lo quedé mirando porque obviamente, me parecía una tontería. Con diecisiete años no podía entender lo que me estaba diciendo. Desafortunadamente, lo entendí después de que partió.
Lo que estoy tratando de explicarles es que todos nos vamos a perder alguna vez. Algunos ya nos perdimos hace mucho tiempo. Pero a lo que voy es que estas pérdidas nos van a ayudar a ser más fuertes. Nos hacen dar cuenta cómo queremos ser y cómo no queremos ser. Cómo queremos seguir viviendo. Cómo queremos amar. En simples palabras; a amar mejor, más fuerte.
En mi caso, yo aprendí a disfrutar de mis amigos y mi familia. Hablo con ellos casi todos los días y organizo salidas y encuentros constantemente. No era así cuando estaba Nahuel en mi vida. Nos dejamos de ver cuando él se cambió de colegio y recién cuando me enteré que estaba enfermo, fue que volví a verlo. La pérdida de Nahuel me enseñó mucho. Me enseñó que su paso por este mundo no había sido en vano. Que había que seguir para adelante porque aunque doliera, el sol seguiría saliendo para mí.
Todos perdimos un amor. Sin embargo, hay que agradecer que pudiéramos amar alguna vez. Porque gracias a ellos hoy, somos quienes somos. Su paso por nuestras vidas nos moldeó, nos pulió y nos formó. Y quizás —y eso es lo que me gusta pensar— si no se hubiesen ido, no hubiésemos sido iguales. Por lo menos yo. Hoy, aunque sin Grako y sin Nahuel, creo que soy mejor. Mejor amigo, mejor hermano, mejor compañero.

2 comentarios: