martes, 25 de octubre de 2016

El perdón



Nerina había dejado la ciudad estrepitosamente y se había refugiado en el campo de sus padres. Desde ese entonces, no había habido cartas, ni mensajes, ni telegramas con las mujeres de la casa. Sólo Don Manuel, su padre, la visitaba apenas tenía oportunidad.
            La última vez que había estado en Buenos Aires, había sido para el entierro de su madre. Pero aún en esa ocasión, no se había dejado ver. Había permanecido alejada del cortejo y desde la distancia, se despidió de la mujer que le había dado la vida. Y aunque su mente le gritaba que debía hacer las paces con Sofía, su hermana, su corazón no era capaz de olvidar la traición.
            Todo cambió la mañana en que recibió una carta en la que le informaban que su querido padre, Don Manuel de Alarcón, se encontraba al borde de la muerte. Recorrió las leguas que la separaban de la ciudad lo más rápido que pudo. Las lágrimas se secaban sobre sus mejillas congeladas, y a pesar que le nublaban la visión, se permitía liberarlas. Jamás le había dado vergüenza llorar, gritar, reír. Su padre le había enseñado que los sentimientos no se guardan. En cambio, si uno los almacena en el pecho, los positivos dejan de ser tan lindos, por no compartirlos y los negativos, se convierten en gangrena. “Y entonces, se te pudre el alma, hija.” Solía decir. Y aunque lo había convertido en su estandarte, no siempre le funcionaba. Fueron esas palabras las que oyó en su cabeza, aquella tarde frente a Sofía.
            Aminoró el trote en la última cuadra. Buscó relajarse y calmar su agitación, antes de enfrentarse a ella y a sus recuerdos.
            —Tranquila, Nerina. Tranquila. —Susurraba mientras se desmontaba del caballo. Caminó despacio, guiando al alazán, hacia el fondo de la propiedad.
            —¡Mi niña!—Reconoció aquella voz. La voz de la mujer que la había visto nacer y convertirse en mujer. La misma que hubiese ido tras sus pasos, si su madre se lo hubiese permitido.
            —Rosario. —Se abrazaron largo y tendido. Lloraron ambas. — ¿Cómo está?
            —Grave. Pero gracias a Dios, estás aquí. ¡Se alegrará tanto de verte!
            —¿Y Sofía?
            —En la misa de Santo Domingo. Llegará pronto. Vamos. Aprovechemos que estamos solas. —Subieron las escaleras en silencio. Atravesaron el pasillo y se detuvieron en la puerta de la habitación de su padre.
            —Vamos, Nerita. Hay que ser fuerte. —Abrió la puerta y el aroma a romero las abrazó.
            —¿Qué es eso?
            —Puse a quemar un poco de romero. Me dijeron en el mercado que…
            —¿Nerina?—La voz de su padre, que una vez había sido gruesa y fuerte, hoy se expresaba baja y con susurros.
            —Soy yo, papá. —Se acercó y tomó su mano. —Estás helado. Rosario, tráele una manta y prende el brasero, por favor. Hace mucho frío aquí.
            —Sí, claro. Enseguida vuelvo. —La puerta se cerró y la habitación quedó en silencio. Solo se sentía la respiración agitada del anciano que luchaba por enderezarse en la cama.
            —¿La has visto?
            —Aún no. —Respondió mientras le acomodaba las almohadas.
            —Hija, tienes que perdonarla. —Elevó la mano y acarició su mejilla helada y enrojecida— Tienes que olvidar. Tú sabes que para mí siempre…—tosió— siempre serás…
            —Shhh. No hace falta que lo digas. Usted y yo lo sabemos.
            —Papá… Ya estoy aquí—la voz de Sofía llegó a sus oídos lentamente. —¿A que no sabes a quien…?—Se detuvo cuando reconoció la figura que le daba la espalda. —¿Qué hace ella aquí?
            —Sofía, por favor.
            —Vine a ver a mi padre. —Respondió sin darse vuelta.
            —Ja. ¿Tu padre?
            —¡Basta! —Exclamó Rosario, quien entraba con la manta. —No es el lugar, ni el momento. Ahora las dos, se me van derechito a la cocina y las tres, vamos a tener una conversación como gente adulta. ¡Vamos! Salgan de aquí y dejen descansar al pobre Manuel.
            Nerina y Sofía deshicieron el camino hasta la cocina sin decir una palabra y con las caras largas. Fue cuando se acomodaron en la misma mesa que habían desayunado, almorzado y cenado de niñas, que la tensión se hizo insoportable. Una de las dos, debía hablar. Nerina, con su humor irónico, dejó fluir lo que tenía guardado desde hace años.
            —Me contaron que se casó con María Clara del Castillo, la hija del Regente General ¡Qué curioso! La vez que los descubrí parecía que…
            —Basta. Tú sí que no olvidas…
            —¿Cómo me voy a olvidar de lo que mi pequeña hermana estaba haciendo con mi prometido?
            —Él no…
            —Oh sí. Claro. Tienes razón. Para el momento que pusiste tus garras sobre él, aún no era mi prometido. Sólo faltaban unas pocas horas para anunciarlo, ¿no es cierto?
            —No fue así. Créeme, Neri...
            —Ya no tiene caso. No se quedó contigo tampoco. ¿Qué pasó? ¿No le gustabas lo suficiente?
            —Nerina de Alarcón. —tronó la voz de Rosario en la pequeña cocina. —Ya basta con necedades. ¿Acaso no ven que su padre está muriendo? Y ustedes, en lo único que piensan es sacarse los ojos. ¡Jesús! ¿Qué he hecho para merecer esto?
            —Es ella, Nana. Ella no quiere entender razones. —Sollozó Sofía que temblaba sobre la banqueta.  
            —No hay mucho para entender, Sofía. Tú te besuqueaste con el prometido de tu hermana. ¿Sí o no?
            —No fue así…
            —¿No fue así? Tu hermana es una loca que la lleva el demonio. Igualita a tu padre. Sí. Pero… ¿Qué piensas que harías tú, si la encuentras con el señorito Juan Cruz? —No había reproche en su voz, más bien ganas de solucionar las cosas y hacerla entender.
            —No lo sé.—dudó.  
            —¿No lo sabes?
            —Yo le pedí perdón, Nana. Ese mismo día. Me arrodillé a sus pies, rogándole que me perdonase. Quería explicarle que todo había sido un error. Que él…—las lagrimas iban cayendo una a una sobre su regazo.
            —Yo lo amaba, Sofía. Lo amaba.
            —Pero él me amaba a mí, Nerina. A mí.
            —¿Qué dices?
            —Lo que oyen. Tu querido prometido, estaba enamorado de mí. El me buscó aquel día en la biblioteca. El me arrinconó y me besó. Piensa. Recuerda. ¿Qué viste, Nerina?
            —No puede ser. Tú… tú estás inventándolo todo.
            —Rosario… tu sí me crees, ¿verdad?
            —¡Ay mi niña! —suspiró—No sé qué pensar. Ustedes dos me van a volver loca.
            —No la escuches. Miente. Miente para que la perdone.
            —No necesito que me creas.—Se enjugó las lagrimas y se puso de pie— Ni tú tampoco—dirigiéndose a su Nana que la observaba con un velo de pena y con la mirada brillosa—Ya no. Puedo vivir tranquila con mi conciencia. —caminó hacia la puerta. — Nerina, dejaste de ser mi hermana el día que no me quisiste escuchar. —exclamó y desapareció.
Rosario lloraba a moco tendido y Nerina daba vueltas por la cocina con una taza de mate cocido en la mano.
            —No es cierto. No puede ser cierto.
            —Niña, ¿Alguna vez… oíste su versión?
            —No. Nunca se lo permití.
            —Pues debiste. Es tu hermana. Tal vez…
Nerina depositó la taza en la mesa y salió hacia la caballeriza. Ensilló su caballo y salió.
            —¿Dónde vas? ¿Vuelves al campo?—le gritó Rosario desde la puerta.
            —No. Enseguida regreso.
Volvió al cabo de una hora, con los ojos hinchados y enrojecidos. Cayó de rodillas en el umbral de la puerta de la cocina y sollozó en silencio.
            —Niña. — Rosario se acercó despacio y lentamente, la ayudó a incorporarse— ¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde has estado? Háblame.
            —Fui a su casa. Fui a verlo. Sofía…
            —¿Qué? ¿a quién?
            —Sofía no miente, Nana.
            —Ay Dios bendito. —Exclamó, mirando al cielo— Hombres. Hombres del demonio que solo traen problemas. Anda… Ve. Corre y dile que lo sientes. Amígate con tu hermana que tanto te quiere.
            —Ay Rosario. No va a ser tan fácil. La humillé, la desterré de mi vida… No me perdonará jamás. La conozco. ¿Acaso no oíste lo que me dijo?
            —Al menos, inténtalo. Vamos. Está en su recamara llorando. Puedo oírla desde aquí.
            —No. No ahora. No me escuchará. Me voy a mi habitación. Necesito pensar.
Manuel de Alarcón falleció tres días después de la llegada de Nerina a Buenos Aires. Después del cortejo y porque se lo prometió a su padre en su lecho de muerte, Sofía oyó lo que su hermana tenía para decirle. Vio las lágrimas, y compartió su dolor. Cuando hubo finalizado, ya laxa de tanto llorar, se acercó, tomó sus manos y susurró;
            —Ahora soy yo quien necesita tiempo para olvidar. Para sanar. Siento tu dolor, y acepto tus disculpas. Ese dolor que sientes, es el mismo que sentí yo, cuando te marchaste. Cuando por castigarme a mí, nos abandonaste. No. No llores más. Quizás… Quizás yo hubiese reaccionado de la misma manera. No lo sé. Pero hoy, mi corazón necesita tiempo. ¿Entiendes?
            —Sí, claro. Entiendo. Y sé que la distancia y el tiempo, son los mejores amigos para sanar un corazón herido. Mañana regreso a la estancia. Me quedaré allí unos días hasta cerrar algunos asuntos y luego volveré. Volveré a la ciudad, para estar cerca de ti. Por que cuando tu corazón decida perdonarme, aquí quiero estar. Bien cerquita. Para que puedas mandarme a llamar y que volvamos a ser lo que éramos.
            —Ya nunca seremos las mismas. Lo sabes. Pero confío en que pasaremos este trago amargo.
            —Ojalá.  

2 comentarios:

  1. Buena onda! Un cuento de epoca. Se nota tu predileccion x ese contexto. Bien x ti

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    1. Oh si!! Cada tanto escribo un poco de esto. Es parte de mi! =)

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