jueves, 6 de octubre de 2016

Imilla



La noche tenía un sabor distinto. Un sabor a libertad. Miraba por la ventana del hotel donde se había alojado con un nombre falso y lo único que veían sus ojos, era su amada Bolivia. Más puntualmente, la granja donde se había criado y se había convertido en quien era. Tomó el teléfono y discó un número muy largo.
                —Hola.
                —¿Imilla?
                —Sí. Ya estoy aquí.
                —Bien. Esperamos más novedades en las primeras horas de mañana. Adiós.
Del otro lado cortaron pero ella se quedó sosteniendo el tubo por un largo rato. Fijó la mirada en los botones de su camisa e inmediatamente, su mente cruzó el océano para regresar a su tierra, junto a sus compañeros y su amor.  Lo volvió a ver vivo. Lo vio planificar, caminar a lo largo de la sala con cara de preocupación. Volvió a sentir el hedor de su piel y por último, vio sus ojos cerrarse para siempre. 
Cuando sus piernas comenzaron a aflojarse y el pecho se le endureció, se instó a pensar en lo que venía a hacer a Hamburgo. Colgó el teléfono y chequeó que tuviese todo lo que necesitaba. Sobre la cama, una peluca, unos lentes y unos aretes enormes. Un vestido ajustado y un bolso con todas sus pertenencias.  Golpearon la puerta tres veces.
                —No tengo hambre. Gracias.
                —La cena está servida en la recepción.
Esperó unos minutos y abrió la puerta. Allí, a sus pies, un sobre.  Miró hacia ambos lados y lo tomó. Sabía muy bien lo que contenía. Cerró la puerta, se descalzó y se sentó en la cama. Despegó con cuidado la cinta y observó el arma. La sacó y la apoyó sobre el vestido que usaría a la mañana siguiente.
Esa noche no durmió. Tampoco bebió. Solo permaneció sentada sobre la cama pensando en todos aquellos que habían perdido la vida por la causa. Y como si alguien hubiese oído sus pensamientos, el teléfono volvió a sonar en la madrugada.
                —A las 10 en el consulado. 
                —Perfecto.
Volvió a su posición y allí permaneció hasta que el sol asomó por el este. Se duchó y se vistió. Se maquilló como jamás lo había hecho. La peluca bien ajustada y los lentes, cubriendo sus rasgos.  Llamó al consulado unos minutos antes de salir, confirmando su cita. Salió del hotel sin dejar nada en la habitación. Caminó las cuadras que la separaban de su objetivo pensando en su amor y en el comandante.  La hicieron pasar a una salita donde debía esperar.  Quintanilla no tardó en aparecer. Cuando lo vio venir, tomó su arma del bolso, se puso de pie y le apuntó. Se vieron a los ojos por unos pocos y tiesos minutos.
                —Esta va por el comandante y por Inti. —y disparó. Tres veces.
Salió corriendo y mientras bajaba las escaleras se quitaba las gafas, la peluca y los aretes. Tomó una bocanada de aire cuando el fresco de la mañana alemana la recibió en la acera. Caminó rápidamente unas cuantas cuadras y depositó el sobre con el arma, en el lugar indicado. Dos horas después, regresaba a Bolivia.
                —Señorita Erlt. Hemos llegado. —la azafata le tocó el hombro, despertándola de su sueño.
                —Me quedé profundamente dormida. Gracias.
Tomó su equipaje de mano y descendió del avión. Un automóvil la esperaba en una esquina. Sobre el capot, un hombre alto le daba una pitada profunda a su cigarro. La sonrisa amplia de su compañero le devolvió la respiración. La misma que había retenido desde que había emprendido el viaje hacia Hamburgo.
                —¡Imilla!
                —¡Juan! —se abrazaron largamente. — Ya está.
                —Lo sé. —la apartó y la besó en la mejilla. —Ojalá hubieses conocido al comandante. Él era…
                —Lo sé, Juan. Sé muy bien quién era el comandante Guevara. No lo conocí en persona, pero me basta saber que Inti murió por su causa. Si él lo hizo, también lo haré yo.
                —Ayer, primero de Abril de 1971…—pasó el brazo sobre ella y la condujo hacia el auto—  se hizo justicia. Tú, Imilla, pasarás a la historia. De eso no me cabe la menor duda. —exclamó mientras le abría la puerta.
                —Veremos. Por lo pronto, hay un hijo de puta menos en el mundo.
El automóvil abandonó el aeropuerto y las manos de Juan se movieron rápidamente para subir el volumen de la canción que venía oyendo en el viaje. Los acordes de Puebla ocuparon el alma y el corazón de Monika Elrt, más conocida por la guerrilla, como Imilla.
“…Vienes quemando la brisa. Con soles de primavera. Para plantar la bandera. Con la luz de tu sonrisa. Tu amor revolucionario. Te conduce a nueva empresa. Donde esperan la firmeza. De tu brazo libertario.”


2 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho, sinceramente. Mas allá de que te había comentado que sé muy poco al respecto de Guevara. Me gusta como plasmas la pasión de Imilla

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