sábado, 29 de agosto de 2015

Trabajo del taller. Consigna: Escribir desde la perspectiva de los personajes masculinos de Sin Dios ni ley, de Serrano.



— ¿Hola?
— ¿Hola Laura?
—Sí.
—Soy yo. Te llamo para avisarte que llego el lunes. Todo se complicó y bueno… no pude viajar hoy.
—Ah. Bueno.
Le cortó y se mantuvo concentrado en el cuadro que adornaba su habitación. La tormenta no amainaba, los relámpagos iluminaban el cielo y él no sentía deseos de sonreír y fingir. Estaba cansado de fingir. Volvió a marcar.
—¡Hola pá!—la voz dulce de su hija, lo apaciguó.—Estoy manejando. ¿Qué necesitas?
—Nada. Quería saber cómo estabas.
—Bien. Estoy yendo a lo de Rafaela. Vamos a una fiesta con ella y su hermano.
—Ah. Ten cuidado, por favor. Ya sabes. A la una, en casa.
—Si papá. Un beso.
Se volvió sobre el cuadro, pero esta vez esbozó una sonrisa. Se la imaginó arreglada, con una goma de mascar en la boca, y la música bastante fuerte. Escuchar a Sara Alicia, lo calmaba, le devolvía la paz. Esa paz que perdió por el camino, y que no pudo recuperar. No sabe si fue el matrimonio, o la vida rutinaria, pero últimamente, todo había tomado otro color. Aunque Laura seguía igual. Siempre bella, elegante y arreglada, se notaba a leguas que entre ellos, algo se había muerto. Lo único que lo mantenía vivo eran sus hijos. Y Sara Alicia no era ni más ni menos, que la luz de sus ojos.
El lunes, cuando llegó, apoyó su bolso sobre la mesa del comedor y subió las escaleras, a las zancadas, en busca de su hija. Desde que habló con ella, un mal presentimiento se le instaló en el corazón. No pudo comunicarse, el día anterior, y su desconcierto y angustia crecieron. Le pareció extraño que Laura no estuviera en casa. Aunque no se sorprendería si estaba en la peluquería o en el shopping.
Abrió la puerta de la habitación de su hija y encontró la cama hecha. Claramente había salido. La cherokee no estaba. Se instó a relajarse y a pensar que tal vez, madre e hija habían salido a dar un paseo. Sus voces en la puerta de entrada, unos minutos después, lo confirmaron. Se escondió en el closet de su hija, para asustarla, como había hecho miles de veces, durante su niñez. Arrimó la puerta con cuidado y esperó a que entrara.
No escuchaba ya la voz de su hija. En cambio, oía a Laura esbozar frases, que le resultaban raras y sinsentido.
—Que amable fue el doctor. ¿No te parece, Sara Alicia?... Ahora todo pasó. Ya todo pasó. Recuéstate que te traigo un juguito de naranjas… Debí pasar por la farmacia a comprar la medicación que nos indicó el doctor. ¡Qué tonta!... Ven, mi amor. Acuéstate. ¿Te duele algo?...—Aunque él quería abrir la puerta de sopetón y asustarlas, permaneció acurrucado entre los abrigos y pantalones, tratando de entender lo que hablaba su mujer. ¿Qué había ocurrido con Sara Alicia? ¿Por qué no respondía? Nunca se quedaba sin palabras. Todo era muy raro. Creyó que lo mejor sería esperar a que se fuera Laura, y salir de su escondite.
Abrió la puerta despacio y asomó la cabeza. Sara Alicia dormía. La notó pálida, demacrada y triste. Ella, que siempre tenía una sonrisa, parecía confundida, cambiada. No era la misma de siempre. Caminó en puntas de pie, para no hacer ruido y se encontró con Laura en el pasillo.
—¿Dónde estabas? Vi el bolso en el comedor, pero no te encontré por ningún lado.
—¿Qué pasa con Sara Alicia?—No le respondió y fue directo al grano—Vengo de su habitación y no la vi bien. ¿Está enferma?
—Creemos que sí. —Mintió porque no sabía si había oído su conversación, al llegar— Venimos de ver al doctor.
—¿Y? ¿Qué dijo? ¿Qué tiene?
—Que hay que esperar. Veremos cómo evoluciona.—Se movió con el vaso de jugo y siguió su camino.
—Yo hablé con ella, el sábado. La escuché bien. —la siguió.
—¿A qué hora, hablaste con ella? —El vaso temblaba en su mano y enseguida lo apoyó sobre la mesa de luz. Le daba la espalda.
—Después de que te llamé.
—Ah—suspiró aliviada.
—Por eso, te digo… que yo la oí bien. Estaba bien.
—El domingo amaneció con fiebre. Y hoy decidí llevarla al médico.
No preguntó más. Laura se sentó a orillas de la cama y se mantuvo ahí. Hablaba de las novedades del barrio, de los vecinos, de todo. De Gonzalo, de Alberto. Menos de Sara Alicia. Algo andaba mal. No quitaba los ojos de su pequeña. Respiraba tranquilamente sobre la almohada. No bebería el jugo aún.
—Vamos, Laura. Dejémosla descansar.
El martes llamó a la oficina y avisó que llegaría más tarde. Laura dormía aún. Parecía cansada. No quiso despertarla. Antes de bajar a preparar el desayuno, pasó por la habitación de su hija, para ver como se sentía. Se asustó sobremanera, cuando no la vio en la cama. Miró a su alrededor, y la halló acurrucada detrás de la puerta. Lloraba.
—Sarita…¿Qué pasó? ¿Qué te duele? —No respondió. A pesar de su estado de debilidad, se colgó de su cuello y se aferró a su espalda con todas sus fuerzas. Su estado lo paralizó— ¿Qué pasa, hija? ¿Por qué lloras? Vamos a la cama. Ven. —Movió las colchas y encontró una mancha carmesí, que asomaba entre las sabanas. Ella seguía sollozando y no levantaba la cabeza.
La cargó en sus brazos, como había hecho cuando era una niña y volaba de fiebre. La levantaba en el aire, y la llevaba hasta la tina, para bañarla. Bajó las escaleras y la subió a la camioneta. Se volvió a buscar su billetera, y su abrigo. Lloviznaba. Aceleró y en menos de cinco minutos, estaban en el hospital.
—¿Dónde estaban? —preguntó horrorizada, al verlos entrar a la casa. Tenían los piyamas puestos. El mundo de Laura parecía desmoronarse ante sus ojos.
—Fuimos al hospital. —Laura empalideció de repente y las piernas le temblaron. Para no caerse, simuló sentarse en uno de los sillones—No te preocupes. La niña está bien. —Hizo un silencio profundo y agregó; —Gracias a Dios.
Padre e hija subieron la escalera despacio. La dejaron atrás,  sola, en el living.

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