lunes, 1 de agosto de 2016

Paraísos perdidos.



“Sé que los únicos paraísos no vedados al hombre, son los paraísos perdidos”  J.L. Borges
                El sol que dice adiós es el único testigo de su pena. Y las aves que regresan a su nido. Y la brisa que juega y le acaricia el cabello. Y las olas que no se quejan de su destino y mueren debajo de sus tobillos. Y la arena. La arena blanca que se divierte metiéndose en los recovecos abandonados de su cuerpo y de su corazón.
                Lleva años viviendo como un rey en uno de los lugares más bellos del planeta. Ha encontrado lo que para muchos es el paraíso. Dios sabe cuánto ha luchado por pisar el manto dorado que acompaña el mar. Ha habido demasiadas despedidas, demasiadas dudas y pocas certezas. Pero sobre todo, poco amor. Sin embargo, allí está. Rodeado de jolgorio, música y liviandad. Acompañado en soledad.
                Como cada atardecer camina por la playa y se deja manosear por sus recuerdos más celosos. Sus pies, ya cansados de tanto andar, se permiten lamer la melancolía que le produce el paisaje. Sus ojos evocan lo que fue, lo que solía ser y lo que ya no es. Y tal vez, lo que no será jamás. Sus huellas desamparadas lo siguen hasta donde pueden, si es que no mueren en el intento, ante la espuma asesina que las arrolla.
                El turquesa se mezcla con el verde. El amarillo con el naranja. Intenta permanecer en los colores, quedarse prendado en su armonía. Bañarse en la vida que alguna vez el mar le regaló. Pero es vano  todo intento de mimetizarse con la paz y el vaivén de las olas. En cambio, llora. Llora aunque debería sonreír. Llora por su pasado, por su presente y por su futuro. Llora por sus sueños náufragos, perdidos en la nada. Llora porque aunque lo tiene todo, no tiene nada. Y le duele admitirlo. Le duele caer en la cuenta de que todo lo hecho hasta este momento, ha sido efímero, pueril, hueco. Y aunque sus pasos son lentos, retenidos por el peso de la arena mojada, su alma corre despavorida contra el viento y la marea. Su alma se desboca frente al océano, frente a las palmeras. Su alma grita, patalea y se ahoga, porque la pobre no sabe nadar. Su alma quiere volar, pero no tiene alas. Es sólo durante esos minutos mágicos, cuando el sol lo abandona definitivamente, que su alma desesperada deja fluir un poco de ella. Disfrazada de lágrima.
                Regresa una hora y media más tarde. Sus pupilas guardan los detalles del nuevo atardecer. Sus pies traen consigo las muestras de la arena que no accedió a abandonarlo, como no accedieron sus pensamientos recurrentemente melancólicos. Se ducha y se prepara para la cena.
                Las copas brillan y en su afán de ser, opacan a las estrellas que los acompañan. La mesa desplegada en el balcón lo ocupa todo. Las voces y las risas se mezclan con el cantar de las olas. Todos creen que están en el paraíso y lo viven como tal. Ríen, cantan y bailan. La luna los ilumina completamente y nadie se percata de su reflejo tímido en el mar. Él, que intenta poner su mejor cara, regalar su mejor chiste, permanece perdido en el horizonte anhelando ser quien no es. Sabe que, desafortunadamente, como cada tarde, un pedacito de su alma  decidirá dejarlo. Se irá como lo hizo otra parte el día anterior, y el anterior. De a poco se está quedando vacío, deshabitado. También y es lo que más lo asusta, sabe que tarde o temprano deberá volar e ir en su búsqueda. Sabe que llegado el momento, no habrá nada. No habrá mar, ni olas, ni arena, ni una pizca de paz. Todo desaparecerá como lo hizo una vez, su felicidad.  
                Deberá buscar su paraíso perdido. Una vez más.

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