“Sé que los únicos paraísos no
vedados al hombre, son los paraísos perdidos”
J.L. Borges
El sol que dice adiós es el único testigo de su pena.
Y las aves que regresan a su nido. Y la brisa que juega y le acaricia el
cabello. Y las olas que no se quejan de su destino y mueren debajo de sus
tobillos. Y la arena. La arena blanca que se divierte metiéndose en los
recovecos abandonados de su cuerpo y de su corazón.
Lleva años viviendo como un rey en uno de los lugares
más bellos del planeta. Ha encontrado lo que para muchos es el paraíso. Dios
sabe cuánto ha luchado por pisar el manto dorado que acompaña el mar. Ha habido
demasiadas despedidas, demasiadas dudas y pocas certezas. Pero sobre todo, poco
amor. Sin embargo, allí está. Rodeado de jolgorio, música y liviandad.
Acompañado en soledad.
Como cada atardecer camina por la playa y se deja
manosear por sus recuerdos más celosos. Sus pies, ya cansados de tanto andar,
se permiten lamer la melancolía que le produce el paisaje. Sus ojos evocan lo
que fue, lo que solía ser y lo que ya no es. Y tal vez, lo que no será jamás. Sus
huellas desamparadas lo siguen hasta donde pueden, si es que no mueren en el
intento, ante la espuma asesina que las arrolla.
El turquesa se mezcla con el verde. El amarillo con
el naranja. Intenta permanecer en los colores, quedarse prendado en su armonía.
Bañarse en la vida que alguna vez el mar le regaló. Pero es vano todo intento de mimetizarse con la paz y el
vaivén de las olas. En cambio, llora. Llora aunque debería sonreír. Llora por
su pasado, por su presente y por su futuro. Llora por sus sueños náufragos,
perdidos en la nada. Llora porque aunque lo tiene todo, no tiene nada. Y le
duele admitirlo. Le duele caer en la cuenta de que todo lo hecho hasta este
momento, ha sido efímero, pueril, hueco. Y aunque sus pasos son lentos,
retenidos por el peso de la arena mojada, su alma corre despavorida contra el
viento y la marea. Su alma se desboca frente al océano, frente a las palmeras. Su
alma grita, patalea y se ahoga, porque la pobre no sabe nadar. Su alma quiere
volar, pero no tiene alas. Es sólo durante esos minutos mágicos, cuando el sol
lo abandona definitivamente, que su alma desesperada deja fluir un poco de
ella. Disfrazada de lágrima.
Regresa una hora y media más tarde. Sus pupilas
guardan los detalles del nuevo atardecer. Sus pies traen consigo las muestras
de la arena que no accedió a abandonarlo, como no accedieron sus pensamientos
recurrentemente melancólicos. Se ducha y se prepara para la cena.
Las copas brillan y en su afán de ser, opacan a las
estrellas que los acompañan. La mesa desplegada en el balcón lo ocupa todo. Las
voces y las risas se mezclan con el cantar de las olas. Todos creen que están
en el paraíso y lo viven como tal. Ríen, cantan y bailan. La luna los ilumina
completamente y nadie se percata de su reflejo tímido en el mar. Él, que
intenta poner su mejor cara, regalar su mejor chiste, permanece perdido en el
horizonte anhelando ser quien no es. Sabe que, desafortunadamente, como cada tarde,
un pedacito de su alma decidirá dejarlo.
Se irá como lo hizo otra parte el día anterior, y el anterior. De a poco se
está quedando vacío, deshabitado. También y es lo que más lo asusta, sabe que
tarde o temprano deberá volar e ir en su búsqueda. Sabe que llegado el momento,
no habrá nada. No habrá mar, ni olas, ni arena, ni una pizca de paz. Todo
desaparecerá como lo hizo una vez, su felicidad.
Deberá buscar su paraíso perdido. Una vez más.

💜👌
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