sábado, 1 de agosto de 2015

Esther



La vida de Esther era perfecta. Tenía un hombre a su lado que la amaba, que la protegía, y le daba todos los gustos. Habían encontrado el uno en el otro, al compañero de la vida. Francisco y Joanna, sus hijos, eran la luz de sus ojos. Desde que lo conoció, supo que Felipe era su destino y él representaba lo estable, lo seguro, lo mejor que podía tener. La abuela Rosa, se había encargado fervientemente de convencerla que Felipe era el mejor partido. Afortunadamente, no se había equivocado. Llevaban veinticinco años de casados, dos hermosos retoños y una vida repleta de goce, felicidad y tranquilidad. Todas las dudas que se habían tejido entorno a su relación, en el comienzo, habían quedado muy atrás, enterradas en lo más profundo de su corazón. Con el tiempo, había aprendido a quererlo y a ser feliz a su lado. Por eso, cada día le agradecía a Dios por haberla iluminado aquella mañana de domingo, cuando tomó la decisión más importante de su vida. Casarse con Felipe y renunciar al amor de Juan.
Con sus hijos ya grandes y encaminados, dedicaba sus días a leer, a escribir y a visitar amigas. Salía a caminar cada mañana y con sus casi cincuenta años, lucía un cuerpo juvenil y atrevido, envidiado por sus compañeras de caminata.
Marita era su mejor amiga y la única que le había quedado de su infancia. Si bien habían tenido momentos de distanciamiento, se adoraban y por eso la amistad resurgía como el ave fénix entre las cenizas. Aunque vivían lejos, se las arreglaban para verse al menos una vez al mes. Ese sábado, se encontraban en el famoso Café Tortoni, en plena capital, para hablar de sus días, de sus pesares y alegrías. Después de disfrutar una deliciosa merienda, Marita se mostraba  elocuente aunque preocupada. Esther buscaba la oportunidad para preguntarle sobre la razón de sus miradas esquivas, y sus sonrisas apagadas. El momento llegó, cuando las dos se encontraron bañadas de un silencio mortífero, que las llevaba a contemplar el paisaje sin mirarse.
—Marita… ¿Qué pasa? Te noto preocupada. No quieras ocultarlo porque te conozco como la palma de mi mano. Sé que hay algo que te preocupa. ¿Qué pasó?
—Ahh…—suspiró— Esther, no sé cómo decírtelo.  Prometimos no hablar de esto hace años. Pero yo necesito…. Necesito sacarme este peso de encima.
—No. No vamos a hablar de tu marido. No quiero hablar de Juan. Cuando pasó todo lo que pasó, las dos juramos que lo dejaríamos atrás y eso hemos hecho.  Pidamos la cuenta y vayamos a tomar un poco de aire. Me estoy ahogando acá adentro.
—No Esther. Quiero que me escuches. No puedo más. —La tomó de la mano y la miró a los ojos con el llanto a punto de brotar. Esther sabia que ella no estaba bien. Juan y ella iban de mal en peor. Marita estaba haciendo terapia con un psicólogo que le había recomendado verbalizar todos sus sentimientos. Había intentado muchas veces hablar de la situación de Juan y ella pero Esther la esquivaba. Esta vez, era distinto. Marita no iba a descansar hasta no soltar lo que le carcomía el corazón.  
—¿Por qué? ¿Para qué? ¿Qué ganamos hablando de él? Lo que pasó, pasó. Yo ya me olvidé de él. Renuncié a él cuando Felipe me propuso matrimonio. Y no me arrepiento. Tampoco me arrepiento de haberte dado mi bendición, cuando me confesaste que te habías enamorado de él…
—Sí. Lo sé. Eso lo sé. Pero no es de tu accionar que quiero hablar. Quiero decirte algo que te oculté desde el principio, desde que Juan se acercó a mí cuando lo dejaste. Algo que debería haberte dicho hace mucho tiempo atrás.
—Marita, nada de lo que me digas, va a cambiar mi vida, ni la tuya, ni la de Juan. Dejemos el pasado atrás. Ya está. Por favor.
—No. —su voz retumbó en el café y las pocas personas que merendaban en esa tarde invierno, se voltearon a mirar a las dos mujeres sentadas junto a la ventana. —El te ama Esther. Te amó siempre. Te ama aunque vos te hayas casado con Felipe. Te ama a pesar que le hayas dado hijos a él, a pesar de todo, incluso a pesar de estar conmigo.  Yo lo supe desde el principio, porque él me lo dijo. Y sin embargo, seguí a su lado, no lo abandoné.  Pero no alcanzó. No le alcanzó nunca.
—Mari… no sigas. No nos sirve de nada hablar de  esto. Nada cambia entre nosotras. Por favor. Basta.
—Yo se que vos sos feliz. Que tenes un marido que te cuida, unos hijos hermosos. Pero yo hace veinticinco años que vivo en una mentira y no aguanto más. Me vuelvo loca cada vez que lo veo sumido en sus pensamientos. Esos pensamientos que te dedica a vos, todos los días.
—No podes saberlo.
—Sí. Lo sé. Porque lo conozco. Sé que aun hoy, piensa en vos. Sos y serás el amor de su vida.
Esther bajó la mirada e intento focalizarse en el café, en la servilleta doblada sobre su falda, en los detalles. Trató de alejarse de la voz de Marita que entre sollozos le confesaba algo que no había querido oír desde aquel domingo. Quería pensar en Felipe pero sin embargo, la cara de Juan, sus ojos azules y su pelo castaño, se le presentaban como un espejismo vivo. No quería que todo eso, que había enterrado hace mucho tiempo, vuelva para atormentarla. Quería convencerse que ya no lo amaba. Se venía repitiendo hace tiempo que esa historia de amor había muerto bajo aquel sauce, donde se dieron el último beso. Recordándolo, inconscientemente,  se llevó los dedos a los labios y pensó que ese amor febril de juventud no se comparaba a la paz que sentía durmiendo con Felipe cada noche. Si bien Juan, era  una parte importante de su vida, y tal vez jamás lo olvidaría, no estaba dispuesta a tirar por la borda años de felicidad. De pronto su imagen tan nítida antes, se volvió borrosa y se desdibujó. Le cedió el paso a la de Felipe con Francisco y Joanna jugando en el parque de su casa.

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