La vida de Esther era
perfecta. Tenía un hombre a su lado que la amaba, que la protegía, y le daba
todos los gustos. Habían encontrado el uno en el otro, al compañero de la vida.
Francisco y Joanna, sus hijos, eran la luz de sus ojos. Desde que lo conoció,
supo que Felipe era su destino y él representaba lo estable, lo seguro, lo
mejor que podía tener. La abuela Rosa, se había encargado fervientemente de
convencerla que Felipe era el mejor partido. Afortunadamente, no se había
equivocado. Llevaban veinticinco años de casados, dos hermosos retoños y una
vida repleta de goce, felicidad y tranquilidad. Todas las dudas que se habían
tejido entorno a su relación, en el comienzo, habían quedado muy atrás,
enterradas en lo más profundo de su corazón. Con el tiempo, había aprendido a
quererlo y a ser feliz a su lado. Por eso, cada día le agradecía a Dios por
haberla iluminado aquella mañana de domingo, cuando tomó la decisión más
importante de su vida. Casarse con Felipe y renunciar al amor de Juan.
Con sus hijos ya grandes y
encaminados, dedicaba sus días a leer, a escribir y a visitar amigas. Salía a
caminar cada mañana y con sus casi cincuenta años, lucía un cuerpo juvenil y
atrevido, envidiado por sus compañeras de caminata.
Marita era su mejor amiga y
la única que le había quedado de su infancia. Si bien habían tenido momentos de
distanciamiento, se adoraban y por eso la amistad resurgía como el ave fénix
entre las cenizas. Aunque vivían lejos, se las arreglaban para verse al menos
una vez al mes. Ese sábado, se encontraban en el famoso Café Tortoni, en plena
capital, para hablar de sus días, de sus pesares y alegrías. Después de
disfrutar una deliciosa merienda, Marita se mostraba elocuente aunque preocupada. Esther buscaba la
oportunidad para preguntarle sobre la razón de sus miradas esquivas, y sus
sonrisas apagadas. El momento llegó, cuando las dos se encontraron bañadas de
un silencio mortífero, que las llevaba a contemplar el paisaje sin mirarse.
—Marita… ¿Qué pasa? Te noto
preocupada. No quieras ocultarlo porque te conozco como la palma de mi mano. Sé
que hay algo que te preocupa. ¿Qué pasó?
—Ahh…—suspiró— Esther, no sé
cómo decírtelo. Prometimos no hablar de
esto hace años. Pero yo necesito…. Necesito sacarme este peso de encima.
—No. No vamos a hablar de tu
marido. No quiero hablar de Juan. Cuando pasó todo lo que pasó, las dos juramos
que lo dejaríamos atrás y eso hemos hecho.
Pidamos la cuenta y vayamos a tomar un poco de aire. Me estoy ahogando acá
adentro.
—No Esther. Quiero que me
escuches. No puedo más. —La tomó de la mano y la miró a los ojos con el llanto
a punto de brotar. Esther sabia que ella no estaba bien. Juan y ella iban de
mal en peor. Marita estaba haciendo terapia con un psicólogo que le había
recomendado verbalizar todos sus sentimientos. Había intentado muchas veces
hablar de la situación de Juan y ella pero Esther la esquivaba. Esta vez, era
distinto. Marita no iba a descansar hasta no soltar lo que le carcomía el
corazón.
—¿Por qué? ¿Para qué? ¿Qué
ganamos hablando de él? Lo que pasó, pasó. Yo ya me olvidé de él. Renuncié a él
cuando Felipe me propuso matrimonio. Y no me arrepiento. Tampoco me arrepiento
de haberte dado mi bendición, cuando me confesaste que te habías enamorado de
él…
—Sí. Lo sé. Eso lo sé. Pero
no es de tu accionar que quiero hablar. Quiero decirte algo que te oculté desde
el principio, desde que Juan se acercó a mí cuando lo dejaste. Algo que debería
haberte dicho hace mucho tiempo atrás.
—Marita, nada de lo que me
digas, va a cambiar mi vida, ni la tuya, ni la de Juan. Dejemos el pasado
atrás. Ya está. Por favor.
—No. —su voz retumbó en el
café y las pocas personas que merendaban en esa tarde invierno, se voltearon a
mirar a las dos mujeres sentadas junto a la ventana. —El te ama Esther. Te amó
siempre. Te ama aunque vos te hayas casado con Felipe. Te ama a pesar que le
hayas dado hijos a él, a pesar de todo, incluso a pesar de estar conmigo. Yo lo supe desde el principio, porque él me
lo dijo. Y sin embargo, seguí a su lado, no lo abandoné. Pero no alcanzó. No le alcanzó nunca.
—Mari… no sigas. No nos
sirve de nada hablar de esto. Nada
cambia entre nosotras. Por favor. Basta.
—Yo se que vos sos feliz.
Que tenes un marido que te cuida, unos hijos hermosos. Pero yo hace veinticinco
años que vivo en una mentira y no aguanto más. Me vuelvo loca cada vez que lo
veo sumido en sus pensamientos. Esos pensamientos que te dedica a vos, todos
los días.
—No podes saberlo.
—Sí. Lo sé. Porque lo
conozco. Sé que aun hoy, piensa en vos. Sos y serás el amor de su vida.
Esther bajó la mirada e
intento focalizarse en el café, en la servilleta doblada sobre su falda, en los
detalles. Trató de alejarse de la voz de Marita que entre sollozos le confesaba
algo que no había querido oír desde aquel domingo. Quería pensar en Felipe pero
sin embargo, la cara de Juan, sus ojos azules y su pelo castaño, se le
presentaban como un espejismo vivo. No quería que todo eso, que había enterrado
hace mucho tiempo, vuelva para atormentarla. Quería convencerse que ya no lo
amaba. Se venía repitiendo hace tiempo que esa historia de amor había muerto
bajo aquel sauce, donde se dieron el último beso. Recordándolo,
inconscientemente, se llevó los dedos a
los labios y pensó que ese amor febril de juventud no se comparaba a la paz que
sentía durmiendo con Felipe cada noche. Si bien Juan, era una parte importante de su vida, y tal vez
jamás lo olvidaría, no estaba dispuesta a tirar por la borda años de felicidad.
De pronto su imagen tan nítida antes, se volvió borrosa y se desdibujó. Le
cedió el paso a la de Felipe con Francisco y Joanna jugando en el parque de su
casa.
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