sábado, 1 de agosto de 2015

La Piscina de la Catalina



Me levanté muy temprano esa mañana, anhelando dormir un poco más. 7:10. Aunque el cuerpo exigía descanso, la necesidad de recorrer aquel lugar nuevo apremiaba y me incitaba. El sol caribeño despuntaba entre los árboles y aquella casa rodeada de verde ofrecía un paisaje desinhibido, salvaje y agreste. Germán me había indicado los lugares más conocidos y las rutas a tomar por si quería salir a recorrer. Al principio dudé. Jamás me había importado salir sola en Buenos Aires. Aunque soy de provincia, allí entre los edificios y subtes, de los cuales desconocía recorridos, la guía T era mi salvadora y mi brújula. Acá, no había tren, no había colectivo, no había calles transitadas ni subtes. Un par de caminos estrechos que se abrían para un lado y para el otro. No había Guía T que me ayudará. Iba a estar ahí por un largo tiempo así que debía tomar coraje y salir a conocer ese mundo nuevo que me ofrecía la República Dominicana.
Al principio sentí la angustia y el nerviosismo por la posibilidad de perderme. ¿Qué carajo hago si me pierdo? Me pregunté. Pero a la vez confiaba en mi sentido de dirección y en mi inteligencia espacial. Todo el mundo dice que me ubico bien y que es casi imposible que me pierda. Así, como siempre me pasa a la hora de tomar decisiones, dudando, me aventuré a la puerta. Me persigné y encaré el primer camino que se me presentó delante de la casa. La angustia fue cediendo a medida que el paisaje me iba embargando. Ya no me acordaba de la duda de hacia unos minutos, aun así, sabía que no había doblado y que el regreso era todo derecho por la misma calle que había venido.
Me dejaba llevar por los colores y por el aroma pero sin perder el sentido de la orientación. Crucé la carretera y el senderito de la mano de enfrente me tentó. No me preocupé por andar sola a esa hora, no tenía miedo. No estaba en Buenos Aires donde el miedo se apodera de la gente y los hace temblar el ruido de las hojas o el silencio de la siesta. Aunque nunca fui paranoica y perseguida, siempre había que cuidarse en Buenos Aires.
El cuadro que descubrieron mis ojos al finalizar el senderito, donde los mosquitos me devoraron, donde me rayé todas las piernas y casi me pegué un palo, valía la pena. Jamás había visto belleza semejante. Nunca olvidaré la primera vez que divisé la piscina de La Catalina.

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