miércoles, 19 de agosto de 2015

Tus ojos



Despertó con el camisón empapado en sudor. No sabía si se debía al calor que azotaba la ciudad, o si era el sueño que acaba de tener. No. No era el calor. Pestañaba en la negrura de su habitación. La sal de la traspiración, le quemaba los labios y en sus oídos, retumbaban aquellos gemidos que la perseguían en sus sueños. Tragó saliva y se instó a relajarse. Apoyó los pies en el piso de parquet, y así permaneció por un momento. Disfrutaba del fresco de la madera que de a poco iba apagando el calor que emanaba de sus extremidades.
Cuando por fin se decidió, caminó a la cocina a ciegas y descalza. La luz intermitente de la heladera, iluminó el lugar. El frió rozó sus mejillas y la reconfortó. Se sentó en el suelo a beber el agua helada que había guardado antes de irse a dormir. ¿Qué hora sería? Calculó que había dormido bastante y que tal vez fueran las cuatro o  las cinco de la mañana. No más.
Era la tercera vez que soñaba con lo mismo. Las mismas manos que la recorrían, los mismos ojos que la miraban con insistencia y le provocaban las más hondas y oscuras sensaciones. Pensó que lo mejor, sería ver a un psicólogo y detallarle los últimos acontecimientos. Tal vez aquello la ayudaba.
Volvió a la cama y trató de no despertarlo. No deseaba explicarle que había soñado lo mismo que la noche anterior, y la anterior a esa. Pensaría mal de ella. Prefería morir, antes de confesarle a su marido que tenia sueños eróticos, que rayaban lo pornográfico, con otro hombre. Un hombre que le quitaba el aliento y la dejaba sin habla. Lo vivía como una infidelidad. Sabía que si se lo decía, jamás la miraría del mismo modo. Ella, ya no se veía de la misma manera.
— ¿Estás bien?
—Sí. Tenía sed. Hace mucho calor. Seguí durmiendo.
—Te amo.
Ella no respondió. En cambio, se acomodó en la cama, dándole la espalda, sin poder cerrar los ojos. Recordar lo que acaba de soñar, la hacía pensar en la última vez que había tenido relaciones con su marido. Ya no podía rememorar la ocasión, ni cuánto había pasado. Pensó que  seguramente, ese era el motivo o la razón de sus pesadillas. ¿Pesadillas? ¿Eran esas, pesadillas? ¿Acaso sentía miedo? No. No estaba asustada. Al contrario, gozaba como jamás lo había hecho.
No pudo dormir más. Se levantó despacio, sin hacer ruido, y se sentó en el jardín a contemplar el amanecer. Prendió un cigarrillo y recorrió en su mente, los últimos segundos de aquel sueño disparatado. Se concentró en los detalles del hombre que se recostaba sobre ella y la sofocaba de placer. Debía ser alto y fornido; por el peso que experimentaba su cuerpo, debajo del suyo. Ojos marrones, que parecían negros, profundos y misteriosos. Sus manos grandes y ásperas debían pertenecer a un hombre de trabajo duro. Tal vez un albañil, o un carpintero. Tenía la piel morena, o al menos, eso creía. No lo había visto con detenimiento. De las facciones de la cara, no podía sacar nada en limpio. No recordaba ninguna característica. Respiró profundo y descansó las piernas sobre la silla que había colocado delante de ella. Cuando por fin el cansancio la abrazó, era la hora de comenzar el día.
Caminaba por las calles de Buenos Aires, buscándolo. Aunque trataba de no pensar en ello, sus ojos aparecían en cualquier momento y de la nada. Regresaba a su casa, preparaba la cena, atendía a sus hijos y a su marido, y se recostaba con la esperanza de no sentirse culpable y sucia, la siguiente mañana.
—Vos no estás bien. No dormís de noche. Te escucho que te levantas y te sentás afuera. Hace como una semana que estás así. ¿Qué pasa?
—No sé. No puedo dormir.
—Mañana vamos al médico. Que te haga unos estudios y…
—No hace falta. Tu hermana me dio unos yuyos que supuestamente, te ayudan a dormir. Voy a ver si con eso…
—Bueno. Probá. Sino… vamos a ver a un doctor.
El cuerpo le demandaba descanso y tranquilidad, pero su corazón y su mente no daban tregua. Inventaba cualquier excusa para salir de la oficina, y recorrer las calles porteñas. Husmeaba en las obras en construcción. Visitaba talleres mecánicos con la excusa de algún problema en el auto. No descansaría hasta encontrarlo. Los días pasaban y  sus pensamientos no la dejaban en paz. Por las noches, la volvían loca y durante el día se le escurrían de las manos, en cada paso que daba.
Estaba más delgada y había descuidado sus tareas. La relación con su marido había empeorado y sus hijos se alejaban cada vez más. Todo era un completo desastre y en lo único que pensaba era en ese hombre. Él ocupaba cada uno de sus pensamientos.
Para despejarse y calmar sus nervios, aceptó visitar a su madre en Córdoba. Impulsada por su mejor amiga y sus hijos, partió rumbo a Río Cuarto. Por fin, pudo dormir sin soñar. Había comenzado a recuperar la cordura, y había tomado las riendas de su vida. A pesar de que ya no pensara en él, sabía que había mucho que replantearse. Llamó a casa y les avisó que se quedaría unos días más.
Una vez que recuperó la armonía y la calma, sacó un pasaje de regreso a Buenos Aires. Se despidió de sus hermanos y de su madre y se subió al micro. Revoleaba las manos, a modo de saludo, mientras el vehículo esperaba a los últimos pasajeros. Desde la ventanilla observaba el paisaje. Se sentía serena y tranquila. La agonía, la ansiedad y los sueños obscenos, que tanto la habían trastornado, quedaban atrás.  Estaba lista para regresar.
—Disculpe. Está sentada en mi asiento. —habló alguien y no se dio por aludida.
Le tocaron el hombro y giró la cabeza despacio. Ahí estaban. Atravesándola una vez más. Los ojos que tanto había buscado, se posaban en ella. Bajó la mirada, y sonrojada, se focalizó en sus manos grandes. Eran esas; Las que la habían recorrido tantas otras veces. Su piel morena y tostada era la misma que había besado con pasión.
—Te encontré. —susurró.

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