Despertó con
el camisón empapado en sudor. No sabía si se debía al calor que azotaba la
ciudad, o si era el sueño que acaba de tener. No. No era el calor. Pestañaba en
la negrura de su habitación. La sal de la traspiración, le quemaba los labios y
en sus oídos, retumbaban aquellos gemidos que la perseguían en sus sueños.
Tragó saliva y se instó a relajarse. Apoyó los pies en el piso de parquet, y
así permaneció por un momento. Disfrutaba del fresco de la madera que de a poco
iba apagando el calor que emanaba de sus extremidades.
Cuando por fin
se decidió, caminó a la cocina a ciegas y descalza. La luz intermitente de la
heladera, iluminó el lugar. El frió rozó sus mejillas y la reconfortó. Se
sentó en el suelo a beber el agua helada que había guardado antes de irse a
dormir. ¿Qué hora sería? Calculó que había dormido bastante y que tal vez
fueran las cuatro o las cinco de la
mañana. No más.
Era la tercera
vez que soñaba con lo mismo. Las mismas manos que la recorrían, los mismos ojos
que la miraban con insistencia y le provocaban las más hondas y oscuras
sensaciones. Pensó que lo mejor, sería ver a un psicólogo y detallarle los
últimos acontecimientos. Tal vez aquello la ayudaba.
Volvió a la
cama y trató de no despertarlo. No deseaba explicarle que había soñado lo mismo
que la noche anterior, y la anterior a esa. Pensaría mal de ella. Prefería
morir, antes de confesarle a su marido que tenia sueños eróticos, que rayaban
lo pornográfico, con otro hombre. Un hombre que le quitaba el aliento y la dejaba
sin habla. Lo vivía como una infidelidad. Sabía que si se lo decía, jamás la
miraría del mismo modo. Ella, ya no se veía de la misma manera.
— ¿Estás bien?
—Sí. Tenía
sed. Hace mucho calor. Seguí durmiendo.
—Te amo.
Ella no
respondió. En cambio, se acomodó en la cama, dándole la espalda, sin poder
cerrar los ojos. Recordar lo que acaba de soñar, la hacía pensar en la última
vez que había tenido relaciones con su marido. Ya no podía rememorar la ocasión,
ni cuánto había pasado. Pensó que
seguramente, ese era el motivo o la razón de sus pesadillas.
¿Pesadillas? ¿Eran esas, pesadillas? ¿Acaso sentía miedo? No. No estaba
asustada. Al contrario, gozaba como jamás lo había hecho.
No pudo dormir
más. Se levantó despacio, sin hacer ruido, y se sentó en el jardín a contemplar
el amanecer. Prendió un cigarrillo y recorrió en su mente, los últimos segundos
de aquel sueño disparatado. Se concentró en los detalles del hombre que se
recostaba sobre ella y la sofocaba de placer. Debía ser alto y fornido; por el
peso que experimentaba su cuerpo, debajo del suyo. Ojos marrones, que parecían
negros, profundos y misteriosos. Sus manos grandes y ásperas debían pertenecer
a un hombre de trabajo duro. Tal vez un albañil, o un carpintero. Tenía la piel
morena, o al menos, eso creía. No lo había visto con detenimiento. De las
facciones de la cara, no podía sacar nada en limpio. No recordaba ninguna
característica. Respiró profundo y descansó las piernas sobre la silla que
había colocado delante de ella. Cuando por fin el cansancio la abrazó, era la
hora de comenzar el día.
Caminaba por
las calles de Buenos Aires, buscándolo. Aunque trataba de no pensar en ello,
sus ojos aparecían en cualquier momento y de la nada. Regresaba a su casa,
preparaba la cena, atendía a sus hijos y a su marido, y se recostaba con la
esperanza de no sentirse culpable y sucia, la siguiente mañana.
—Vos no estás
bien. No dormís de noche. Te escucho que te levantas y te sentás afuera. Hace
como una semana que estás así. ¿Qué pasa?
—No sé. No
puedo dormir.
—Mañana vamos
al médico. Que te haga unos estudios y…
—No hace
falta. Tu hermana me dio unos yuyos que supuestamente, te ayudan a dormir. Voy
a ver si con eso…
—Bueno. Probá.
Sino… vamos a ver a un doctor.
El cuerpo le
demandaba descanso y tranquilidad, pero su corazón y su mente no daban tregua.
Inventaba cualquier excusa para salir de la oficina, y recorrer las calles
porteñas. Husmeaba en las obras en construcción. Visitaba talleres mecánicos
con la excusa de algún problema en el auto. No descansaría hasta encontrarlo.
Los días pasaban y sus pensamientos no
la dejaban en paz. Por las noches, la volvían loca y durante el día se le
escurrían de las manos, en cada paso que daba.
Estaba más
delgada y había descuidado sus tareas. La relación con su marido había
empeorado y sus hijos se alejaban cada vez más. Todo era un completo desastre y
en lo único que pensaba era en ese hombre. Él ocupaba cada uno de sus
pensamientos.
Para
despejarse y calmar sus nervios, aceptó visitar a su madre en Córdoba. Impulsada
por su mejor amiga y sus hijos, partió rumbo a Río Cuarto. Por fin, pudo dormir
sin soñar. Había comenzado a recuperar la cordura, y había tomado las riendas
de su vida. A pesar de que ya no pensara en él, sabía que había mucho que
replantearse. Llamó a casa y les avisó que se quedaría unos días más.
Una vez que
recuperó la armonía y la calma, sacó un pasaje de regreso a Buenos Aires. Se
despidió de sus hermanos y de su madre y se subió al micro. Revoleaba las
manos, a modo de saludo, mientras el vehículo esperaba a los últimos pasajeros.
Desde la ventanilla observaba el paisaje. Se sentía serena y tranquila. La agonía,
la ansiedad y los sueños obscenos, que tanto la habían trastornado, quedaban
atrás. Estaba lista para regresar.
—Disculpe.
Está sentada en mi asiento. —habló alguien y no se dio por aludida.
Le tocaron el
hombro y giró la cabeza despacio. Ahí estaban. Atravesándola una vez más. Los
ojos que tanto había buscado, se posaban en ella. Bajó la mirada, y sonrojada, se
focalizó en sus manos grandes. Eran esas; Las que la habían recorrido tantas
otras veces. Su piel morena y tostada era la misma que había besado con pasión.
—Te encontré.
—susurró.
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