sábado, 1 de agosto de 2015

La prometida



—¡Carmen! ¡Carmen! ¿Dónde te metiste?—la vio salir de la cocina—Ah… ¡con qué ahí estabas! ¿Cómo es eso que trataste al Señor Rosales de mujeriego y borracho? Acaba de contarme tu hermana la escena que hiciste en el zaguán. ¡Qué vergüenza Carmen! ¡Qué vergüenza!
—Madre, ¿Acaso el Señor Rosales no es un borracho mujeriego? ¿Acaso no es eso lo que comenta en el pueblo?
—Mira muchachita, no te atrevas a usar ese tonito conmigo. Soy tu madre.
—Sí. Mi madre. ¡Y qué madre!—se acomodó el vestido y dio media vuelta para salir de la sala.
—¡Aquí te quedas! ¿Me oíste? ¡Carmen! ¡Detente!
—No puede impedírmelo.
—Claro que puedo. —Caminó con un paso rápido y al cabo de unos segundos, la tomaba por el brazo y la sacudía. —Te dije que te detengas.
—¡Suélteme! ¡Déjeme en paz!—Carmen le dio un empujón que la sentó de lleno en el sillón. —Nunca más vuelva a tocarme. ¿Oyó?
La mujer se quedó atónita, con los ojos repletos de ira, observándola. Esa muchachita ya le había traído demasiados problemas. Había que actuar rápido.
—¡Lucero! ¡Lucero! —La criada salió de repente de uno de los cuartos y se dirigió hacia la sala.
—¿Qué  desea la  Señora? ¿Pa’ que soy buena?
—No “pa’que”. Para que Lucero. Se dice “para que”. Repítelo.
—¿Para qué soy buena Señora?
—Así está mucho mejor. Dile a Casimiro que prepare todo lo necesario para partir a Buenos Aires. Saldremos mañana temprano.
—Enseguida Señora.
—¡Lucero! Dile a la niña María Clara que necesito hablar con ella. Llévame al estudio, dos tazas de té.
Carmen cerró la puerta tras de sí y se tendió a llorar sobre la cama. Lloraba de la rabia. Después de tantos años y de crecer bajo su tutela, no podía apartar el resentimiento y el rencor que le producía su presencia. Esa mujer, disfrazada de madre ejemplar, no era más que una serpiente venenosa dispuesta a todo. Estaba segura que ya había arreglado el compromiso de María Clara con el Señor Rosales. Un hombre detestable, asqueroso, viejo, y repugnante. No importaba que tuviera cuarenta años más que su hermana,  que se hablara acerca de su vida sexual, ni nada. Sólo contaba su dinero. Sus reales lo hacían más exquisito, lo volvían buen mozo  y aceptable. Un buen partido.
—¡Maldita!— decía mientras le daba puñetazos al colchón para canalizar la bronca.
—Niña... —entró Lucero a la habitación y la encontró desencajada, pataleando sobre la cama.
—Lucero vete de aquí. No quiero hablar con nadie.
—Niña… la señora mandó a preparar todo. Parece que se va pa’ Buenos Aires.
—¿Cuándo?
—Mañana. Me pidió que le avisara a Casimiro.
—Se la va a llevar. Lo sé. Me va a dejar aquí y se la va a llevar a Buenos Aires. Allá, mi padre enfermo como está,  no va a poder hacer nada. Al contrario, le va infligir lastima a María Clara, y ésta estúpida no va a tener más opción.  Tengo que hablar con ella. ¿Dónde está?
—La señora la mandó a llamar. Les dejé dos tazas de té en el estudio.
—Bueno. Pensemos. —Se paró de la cama y comenzó a dar vueltas en círculo con las manos en la espalda. — Por el momento, avísame apenas salga María del estudio.
—Muy bien niña.
—Lucero, ¿Juana? ¿Está en la casa?
—No mi niña. Salió a tomar el té con Doña Margarita y no ha regresado aún.
—Dile a José que se acerque hasta su casa y le diga a mi hermana que quiero hablar con ella. Que necesito verla con urgencia. ¡Anda! ¡Ve! No te quedes ahí parada.
—Carmencita… ¿Qué va a hacer? Por favor, no se meta en problemas. Ya bastante tiene con su madre. Ya sabe cómo es Juana. Está del lado de la señora.
—Juana adora a María Clara. No va a permitir que la despose ese cerdo asqueroso de Rosales.
—Está bien mi niña. Ya mismo le digo a José que corra hasta lo de Doña Margarita.
Unos minutos después, golpeaban la puerta de su habitación. Era Juana.
—¿Con que querías verme? Qué extraño. Fuiste muy clara la última vez cuando me gritaste delante de los invitados de mamá, que no era tu hermana.
—No te mandé a llamar por mí. Es por María Clara.
—¿Qué hay con ella?
—Tu  madre quiere casarla con Rosales.
—¿Con Rosales? ¿A María Clara? Pero si ese hombre es un anciano, prácticamente.
—Lo sé. María apenas tiene dieciséis años. No podemos permitirlo. Yo sé que tú la adoras y…
—Sí. No lo voy a permitir. Ya mismo iré a hablar con mi madre.
No alcanzaron a salir de la habitación de Carmen, cuando fueron interceptadas por su madre y María Clara.
—Justamente. A las dos que quería ver.
—Madre… ¿Es verdad que Rosales va a desposar a María Clara?  Ese hombre es…
— ¿a María Clara? ¿Con Rosales? No. ¡Quien ha dicho semejante cosa! Rosales no está cortejando a mi pequeña.  
— ¿A quién sino? —se sorprendió Juana.
—Rosales va a desposar a Carmen.



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