—¡Carmen! ¡Carmen! ¿Dónde te
metiste?—la vio salir de la cocina—Ah… ¡con qué ahí estabas! ¿Cómo es eso que trataste
al Señor Rosales de mujeriego y borracho? Acaba de contarme tu hermana la
escena que hiciste en el zaguán. ¡Qué vergüenza Carmen! ¡Qué vergüenza!
—Madre, ¿Acaso el Señor
Rosales no es un borracho mujeriego? ¿Acaso no es eso lo que comenta en el
pueblo?
—Mira muchachita, no te
atrevas a usar ese tonito conmigo. Soy tu madre.
—Sí. Mi madre. ¡Y qué
madre!—se acomodó el vestido y dio media vuelta para salir de la sala.
—¡Aquí te quedas! ¿Me oíste?
¡Carmen! ¡Detente!
—No puede impedírmelo.
—Claro que puedo. —Caminó
con un paso rápido y al cabo de unos segundos, la tomaba por el brazo y la
sacudía. —Te dije que te detengas.
—¡Suélteme! ¡Déjeme en
paz!—Carmen le dio un empujón que la sentó de lleno en el sillón. —Nunca más
vuelva a tocarme. ¿Oyó?
La mujer se quedó atónita,
con los ojos repletos de ira, observándola. Esa muchachita ya le había traído
demasiados problemas. Había que actuar rápido.
—¡Lucero! ¡Lucero! —La
criada salió de repente de uno de los cuartos y se dirigió hacia la sala.
—¿Qué desea la
Señora? ¿Pa’ que soy buena?
—No “pa’que”. Para que
Lucero. Se dice “para que”. Repítelo.
—¿Para qué soy buena Señora?
—Así está mucho mejor. Dile
a Casimiro que prepare todo lo necesario para partir a Buenos Aires. Saldremos
mañana temprano.
—Enseguida Señora.
—¡Lucero! Dile a la niña
María Clara que necesito hablar con ella. Llévame al estudio, dos tazas de té.
Carmen cerró la puerta tras
de sí y se tendió a llorar sobre la cama. Lloraba de la rabia. Después de
tantos años y de crecer bajo su tutela, no podía apartar el resentimiento y el
rencor que le producía su presencia. Esa mujer, disfrazada de madre ejemplar,
no era más que una serpiente venenosa dispuesta a todo. Estaba segura que ya
había arreglado el compromiso de María Clara con el Señor Rosales. Un hombre
detestable, asqueroso, viejo, y repugnante. No importaba que tuviera cuarenta
años más que su hermana, que se hablara
acerca de su vida sexual, ni nada. Sólo contaba su dinero. Sus reales lo hacían
más exquisito, lo volvían buen mozo y
aceptable. Un buen partido.
—¡Maldita!— decía mientras
le daba puñetazos al colchón para canalizar la bronca.
—Niña... —entró Lucero a la
habitación y la encontró desencajada, pataleando sobre la cama.
—Lucero vete de aquí. No
quiero hablar con nadie.
—Niña… la señora mandó a
preparar todo. Parece que se va pa’ Buenos Aires.
—¿Cuándo?
—Mañana. Me pidió que le
avisara a Casimiro.
—Se la va a llevar. Lo sé.
Me va a dejar aquí y se la va a llevar a Buenos Aires. Allá, mi padre enfermo
como está, no va a poder hacer nada. Al
contrario, le va infligir lastima a María Clara, y ésta estúpida no va a tener
más opción. Tengo que hablar con ella.
¿Dónde está?
—La señora la mandó a
llamar. Les dejé dos tazas de té en el estudio.
—Bueno. Pensemos. —Se paró
de la cama y comenzó a dar vueltas en círculo con las manos en la espalda. —
Por el momento, avísame apenas salga María del estudio.
—Muy bien niña.
—Lucero, ¿Juana? ¿Está en la
casa?
—No mi niña. Salió a tomar
el té con Doña Margarita y no ha regresado aún.
—Dile a José que se acerque
hasta su casa y le diga a mi hermana que quiero hablar con ella. Que necesito
verla con urgencia. ¡Anda! ¡Ve! No te quedes ahí parada.
—Carmencita… ¿Qué va a
hacer? Por favor, no se meta en problemas. Ya bastante tiene con su madre. Ya
sabe cómo es Juana. Está del lado de la señora.
—Juana adora a María Clara.
No va a permitir que la despose ese cerdo asqueroso de Rosales.
—Está bien mi niña. Ya mismo
le digo a José que corra hasta lo de Doña Margarita.
Unos minutos después,
golpeaban la puerta de su habitación. Era Juana.
—¿Con que querías verme? Qué
extraño. Fuiste muy clara la última vez cuando me gritaste delante de los
invitados de mamá, que no era tu hermana.
—No te mandé a llamar por
mí. Es por María Clara.
—¿Qué hay con ella?
—Tu madre quiere casarla con Rosales.
—¿Con Rosales? ¿A María
Clara? Pero si ese hombre es un anciano, prácticamente.
—Lo sé. María apenas tiene
dieciséis años. No podemos permitirlo. Yo sé que tú la adoras y…
—Sí. No lo voy a permitir.
Ya mismo iré a hablar con mi madre.
No alcanzaron a salir de la
habitación de Carmen, cuando fueron interceptadas por su madre y María Clara.
—Justamente. A las dos que quería
ver.
—Madre… ¿Es verdad que
Rosales va a desposar a María Clara? Ese
hombre es…
— ¿a María Clara? ¿Con
Rosales? No. ¡Quien ha dicho semejante cosa! Rosales no está cortejando a mi
pequeña.
— ¿A quién sino? —se
sorprendió Juana.
—Rosales va a desposar a
Carmen.
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