viernes, 21 de agosto de 2015

¿Hablamos?



Tenemos tanto que decir, que el tiempo parece volar entre las palabras que esbozan nuestros labios. Tus sonrisas monocordes y tus ojos desvariados hacen de nuestra conversación, mucho más que un simple momento agradable. Aunque la mayoría de las veces, terminamos peleando, confieso que enroscarme en tus mensajes subliminales y contradictorios, me divierte. Me da gracia verte gesticular cuando digo lo que no querés escuchar. Tengo que sofocar las carcajadas que me inspiran tus adjetivos vacios y tus largas oraciones, cuando buscas cambiar mi opinión. Obviamente, no lo lográs.
—Creo que estás equivocado. —te digo y te parto al medio. No sabes que más decirme. No sabes cómo hacerme entender eso que pensás. Después de preguntarme por qué y de oír mi descarga, empieza mi diversión. Movés las manos de acá para allá. Buscas palabras que actúen a favor de tu parecer, y terminas dándome una lista de sinónimos. Me rio y más aumenta tu ira. Más aumenta tu ira, más me rio.
—No se puede hablar con vos. —me decís y yo tengo que tratar de tranquilizarme, tomar un poco de agua y contar hasta cien para calmarme. Siempre te enojas cuando hago eso. Y bueno;  Me dan ganas de decirte. Plantéame un fundamento con pie y cabeza y así, te voy a entender. Bueno. Lo que se dice, “entender”, no lo creo. Pero al menos, te escucharía sin reír.
Luego de dos horas de puro debate. No. Debate no es el término. Intercambio diría yo. Vos te vas con una cara tan larga que te la pisás. Y yo, sigo sin entender cómo es que te enojás, de esa manera, por una simple charla. Aunque si pienso en la posibilidad de que alguien se me ría en la cara, porque lo que digo  no tiene ni ton ni son, también me pondría así. Así que, te entiendo.
El otro día te pregunté por qué habías elegido ese color de camisa. No pudiste darme nada en concreto. Lo único que se te ocurrió fue; “Me gusta” y pero… ¿Por qué? ¿Por qué te gusta esa camisa y no aquella? Tu respuesta me dejó casi igual de indignada, que vos cuando me dejás hablando sola.
—¿Por qué todo tiene que tener un por qué para vos?— ¿Cómo me vas a decir eso? Esa tarde caíste más bajo de lo que yo creí. Obviamente que todo, absolutamente todo, tiene un por qué. Y me extraña que semejante declaración venga de vos. De vos, que todo lo analiza y al igual que yo, lo cuestiona. Últimamente, me estás sorprendiendo. Y no para bien. Gracias a Dios, todavía me hacés reír. Eso, mí querido, te salva de todo mal. De toda pregunta mal contestada, y de fundamentos vacios.
Me divierte hacerte enojar. Aunque el ochenta por ciento de las veces, no entienda un comino de lo que hablás, verte tambalear entre silabas y conectores, me excita. Me gusta tu cara de desencajado y de hombre pensante, que intenta convencer a su mujer. Me alegra que busques en tu historia, ejemplos y circunstancias, para enriquecer el punto. Un punto que después no entiendo. Pero esa no es la cuestión. La cosa es que hablar con vos, de cualquier cosa en la que no estemos de acuerdo, es una experiencia fenomenal. No sólo porque me pruebo y te pruebo a vos, sino porque, de eso se trata nuestra relación. Desafiarnos constantemente, y sacar lo mejor del otro.  Por eso, me encanta hablar con vos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario