Tenemos tanto que decir, que el
tiempo parece volar entre las palabras que esbozan nuestros labios. Tus
sonrisas monocordes y tus ojos desvariados hacen de nuestra conversación, mucho
más que un simple momento agradable. Aunque la mayoría de las veces, terminamos
peleando, confieso que enroscarme en tus mensajes subliminales y
contradictorios, me divierte. Me da gracia verte gesticular cuando digo lo que no
querés escuchar. Tengo que sofocar las carcajadas que me inspiran tus adjetivos
vacios y tus largas oraciones, cuando buscas cambiar mi opinión. Obviamente, no
lo lográs.
—Creo que
estás equivocado. —te digo y te parto al medio. No sabes que más decirme. No
sabes cómo hacerme entender eso que pensás. Después de preguntarme por qué y de
oír mi descarga, empieza mi diversión. Movés las manos de acá para allá. Buscas
palabras que actúen a favor de tu parecer, y terminas dándome una lista de
sinónimos. Me rio y más aumenta tu ira. Más aumenta tu ira, más me rio.
—No se puede
hablar con vos. —me decís y yo tengo que tratar de tranquilizarme, tomar un
poco de agua y contar hasta cien para calmarme. Siempre te enojas cuando hago
eso. Y bueno; Me dan ganas de decirte.
Plantéame un fundamento con pie y cabeza y así, te voy a entender. Bueno. Lo
que se dice, “entender”, no lo creo. Pero al menos, te escucharía sin reír.
Luego de dos horas de puro
debate. No. Debate no es el término. Intercambio diría yo. Vos te vas con una
cara tan larga que te la pisás. Y yo, sigo sin entender cómo es que te enojás, de
esa manera, por una simple charla. Aunque si pienso en la posibilidad de que
alguien se me ría en la cara, porque lo que digo no tiene ni ton ni son, también me pondría
así. Así que, te entiendo.
El otro día te pregunté por qué
habías elegido ese color de camisa. No pudiste darme nada en concreto. Lo único
que se te ocurrió fue; “Me gusta” y pero… ¿Por qué? ¿Por qué te gusta esa
camisa y no aquella? Tu respuesta me dejó casi igual de indignada, que vos
cuando me dejás hablando sola.
—¿Por qué todo
tiene que tener un por qué para vos?— ¿Cómo me vas a decir eso? Esa tarde
caíste más bajo de lo que yo creí. Obviamente que todo, absolutamente todo,
tiene un por qué. Y me extraña que semejante declaración venga de vos. De vos,
que todo lo analiza y al igual que yo, lo cuestiona. Últimamente, me estás
sorprendiendo. Y no para bien. Gracias a Dios, todavía me hacés reír. Eso, mí
querido, te salva de todo mal. De toda pregunta mal contestada, y de
fundamentos vacios.
Me divierte hacerte enojar.
Aunque el ochenta por ciento de las veces, no entienda un comino de lo que
hablás, verte tambalear entre silabas y conectores, me excita. Me gusta tu cara
de desencajado y de hombre pensante, que intenta convencer a su mujer. Me
alegra que busques en tu historia, ejemplos y circunstancias, para enriquecer
el punto. Un punto que después no entiendo. Pero esa no es la cuestión. La cosa
es que hablar con vos, de cualquier cosa en la que no estemos de acuerdo, es
una experiencia fenomenal. No sólo porque me pruebo y te pruebo a vos, sino
porque, de eso se trata nuestra relación. Desafiarnos constantemente, y sacar
lo mejor del otro. Por eso, me encanta
hablar con vos.
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