Miraba sin ver. Tal y como lo hace
cada vez que se sienta en un lugar público. Se sumerge en sus propios
pensamientos y se tira de cabeza en las aguas de las conjeturas y los
cuestionamientos. En fin; no le presta atención a nada, salvo al libro que
lleva de vez en cuando. Dice que no le gusta observar a las personas. Que tiene
demasiados problemas y cosas que resolver como para perder el tiempo en
desconocidos. En cambio, los personajes que salen de las páginas laminadas o de
color mate, con sus letras sutiles y remarcadas, esos sí que le importan.
Se sentó en un banco de madera a
recibir el sol cálido de la tarde de sábado. Se llevó un libro. Su favorito. Ese
que leyó, fácil, doce veces. Martin Fierro de José Hernández. Sumergido en la relectura
de los versos más significativos, no notó la presencia de una niña, sentada a
su lado. Pasaron unos cuantos minutos, hasta que advirtió unos piecitos
pequeños que bailoteaban en el hueco, entre el piso y el banco. Levantó un poco
más la vista y se encontró con un cuerpo menudo y frágil. Le dispensó una
sonrisa amplia y pudo ver que le faltaban unos cuantos dientes. Dos colitas y
una bincha rosa, concluían con el tocado. Era un ángel. Ni más, ni menos que un
ángel.
—Hola. —le dijo con una vocecita suave
y dulce. Él no le respondió. Intentó reemprender la lectura y obviar la mirada
incesante que le dispensaba la niña.
—¿Sabes leer? —le preguntó, mientras
espiaba sobre el hombro.
Cerró el libro y la volvió a mirar. Trató
de poner cara de malo para asustarla y que se fuera. Otra vez esa sonrisa
hermosa, franca y noble, que sólo los niños son capaces de esbozar. Quiso
devolvérsela, pero no pudo. La vida lo había vuelto duro, osco y miedoso.
Miró a su alrededor. La placita
Ejército de Los Andes, en Villa Luro, estaba atestada de gente. Reconoció casi
de inmediato, que venir un sábado a esa hora, no era una buena idea. Hizo una
nota mental: “Venir por las mañanas”. Giró sobre sí y buscó alguna cara de
preocupación. Buscó algún padre, madre, tío o abuelo que se hubiera distraído.
Por más que intentó, no halló nada. Todos parecían absortos en sus cosas y en
sus movimientos y nadie parecía notar a esa nena, sentada junto a un hombre
solo, alejada de la multitud. El miedo se apoderó de él.
— ¿Te gusta la chocolatada?—interrumpió
en sus pensamientos. Sus piecitos seguían balanceándose de acá para allá. Sus
zapatillitas blancas aparecían y desaparecían con cada vaivén. —Parece que no.
—agregó ante el silencio de su acompañante.
No quería hablarle. No quería establecer
ningún tipo de vínculo. Deseaba seguir leyendo su preciado Martin Fierro y
ahogarse en un mar de palabras, metáforas y rimas. Sin embargo, su lectura
había sido interrumpida, y ya no podía retomarla. Por más ganas que tuviera, la
presencia de esa personita, lo había alborotado.
“Paráte y andáte” Se repetía una y
otra vez, mientras sus ojos seguían en busca de algún pariente o conocido. Su
cuerpo se contorsionaba de un lado a otro del banco para obtener una panorámica
de toda la plaza. “¡Qué va! Si acá no cabe ni un alfiler” Pensó mientras
recorría cada espacio del lugar, repleto de niños, familias, cochecitos,
vendedores. Nadie veía nada.
—¿Y tus papás?—le pregunto serio y con
voz ronca. — ¿Dónde están?
—En mi casa.
—¿Viniste sola?—se asustó.
—No. Estoy con mi hermano y la novia. Están
por allá. —Levantó su bracito y señaló el lado opuesto de la plaza.
—Andá con ellos. Te deben estar
buscando. Y si no te ven, se van a preocupar. —Ya era muy tarde para no
relacionarse. La preocupación y el miedo lo habían llevado a hablarle. Se
preguntaba que haría y qué diría si alguien lo increpaba, por estar hablando
con una niña. “Podría ser mi hija o mi nieta” intentó tranquilizarse.
—Me aburro en las plazas. Ya no son
divertidas. Además, siempre venimos a la misma.
No la miraba. En cambio, posaba sus
ojos en los automóviles, en los colectivos, en las plantas, en los árboles.
Cuando alguien pasaba por su lado, simulaba leer. El hecho de pensar que
alguien, pudiera ver algo sucio en esa situación, le carcomía la cabeza. No lo
dejaba pensar con claridad y sabia que no estaba haciendo las cosas como debía.
Se instaba a levantarse y a buscar a la parejita. Debería regañarlos y hacerles
entender que no se debe dejar a una creatura sola, con todos los locos que andan
en la calle.
—¿Cuántos años tenes vos? Yo tengo
seis.
—Nena. Andá con tu hermano. Dale. Yo
te miro desde acá. ¿Dónde me dijiste que estaban?
La nena volvió a señalar el mismo
lado, pero con los lentes de lectura le era imposible ver con claridad.
—Bueno. Anda. Anda. Dale. Te deben
estar buscando—volvió a repetir, nervioso.
Una señora que pasaba, los miró de
reojo. Él notó que cuchicheó con otra persona sobre él. La necesidad de romper
esa “relación” lo llevó a pararse bruscamente. La nena se asustó y se paró
junto con él.
—¿Se va?
—Sí. Vos, mejor que te vayas con tu
hermano. Ya mismo. Es muy peligroso para una nena andar sola por ahí. ¿Acaso no
te lo enseñaron? —Aunque volvió a sonreírle, no se movió.
“Mocosa de mierda. Van a pensar que
soy un pedófilo, un viejo asqueroso. Me voy a mi casa.” Guardó los lentes en el
estuche, se puso la campera que había dejado a un costado y se dispuso a
retirarse. Al cuerno, con la nena y el hermano. No iba a permitir que
mancillaran su reputación. Se terminaba de acomodar, cuando escuchó;
—¡Sofí! Sofí. Ahí estás. ¿Dónde te
habías metido?
—Acá. Hablando con mí amigo.
—¿Tu amigo? —levantó la vista
consternado y se encontró con un hombre de unos cincuenta o sesenta años, repleto
de canas. Lo miraba serio, como juzgándolo. Sabía que estaba en falta. La había
perdido de vista.
—Sí. Él me estaba cuidando.
—Ah. ¡Qué bueno! — Miraba a la nena y
al hombre, como si fuera un partido de ping pong— ¿estás bien, Sofí? ¿No te
hicieron nada?
—Sí. Estoy bien. ¿Nos vamos? Me aburro
en esta plaza. —lo endulzó con una mueca graciosa y un saltito en el lugar.
—Sí. Vamos. —Antes de partir,
dirigiéndose al señor, expresó con naturalidad—Gracias.
—No hay porqué.
Fin
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