sábado, 1 de agosto de 2015

La cita



Su bolsillo comenzó a moverse y no alcanzaba a darse cuenta lo que era. Algo vibraba incesantemente, mientras él pretendía dormir. Al cabo de unos minutos, las cosquillas en la pierna derecha lo delataron. Era su celular. No recordaba las últimas horas, ni cómo había llegado hasta la cama, ni por qué tenía la ropa puesta. Estaba demasiado dormido y confundido como para pensar en eso. El teléfono seguía vibrando y, sin abrir los ojos, metió su mano en el bolsillo del pantalón, y abrió la tapa del celular. A lo lejos una voz le decía; Hola… Hola…
—¿Hola? ¿Quién es?
—Buenas tardes. ¿Hablo con el señor Samuel Peterson? —Una voz cordial y femenina se oía del otro lado del aparato.
—Sí. Soy yo. ¿Quién es?—Sus ojos aún no se separaban. Hablaba, pero su mente no retenía información. Sabía que le llevaría un buen rato terminar de despertarse. Siempre le pasaba lo mismo. Todas las mañanas se lavaba la cara, los dientes, hacía sus necesidades y se duchaba prácticamente con los ojos cerrados. Sólo lograba despabilarse después del primer sorbo de café, camino al trabajo y gracias al viento helado que azotaba las calles de Nueva York.
—Señor Peterson, nos comunicamos con usted de “White Wings Company” para informarle que nuestro presidente lo recibirá hoy en su oficina de la calle Houston. Ha escuchado sus mensajes y ha decidido verlo esta mañana. Llamo para confirmar la cita.
— ¿Quién? ¿White Wings? ¿Una cita? ¿Hoy?
—Sí, señor. Sus insistentes mensajes han llegado a oídos de nuestro presidente y él, a pesar de que su agenda esté ocupada, ha aceptado verlo. Le recuerdo también, que si no puede presentarse en el día de la fecha, no podremos concretar otra cita. Estamos completamente ocupados hasta, por lo menos, los siguientes ocho meses.
—Señorita, disculpe. ¿Dónde me dijo que quedan las oficinas?
—Calle Houston. Señor Peterson, ¿Confirma su cita? Sería a las diez de la mañana. Exactamente en una hora y media.
—Sí, señorita. Ahí estaré. —Accedió porque estaba seguro que apenas el café moje sus labios, después de la ducha, recordaría el motivo de la cita y de los mensajes. Últimamente tenía la cabeza en cualquier lado y no le extrañaba encontrarse con un negocio que, según parecía, había sido manejado netamente por su socia. La señorita Lane ha sido su mano derecha por años y está calificada para tomar decisiones, casi sin consultarle. Seguramente, ella había concretado aquella cita. Como lo habían hecho en otras oportunidades, la llamaría de camino a las oficinas para que lo pusiese al tanto del negocio.
Desafortunadamente ni la ducha, ni el café, ni el viento helado lo hicieron recordar, aunque si lo despabilaron. No le sonaba el nombre de la compañía, ni los mensajes. Nada. Había intentado comunicarse con su socia en el camino, pero no hubo caso. El mal humor se presentó con fuerza mientras en el taxi, trataba de pensar una estrategia para encarar al presidente de la White Wings sin sonar estúpido, por no saber lo que hacía allí. No le prestó atención a la calle, o a los transeúntes, o a los sonidos a los que estaba acostumbrado. La gran manzana se presentaba vacía y con poco tráfico. A cualquier persona, el silencio y la paz les hubiera llamado la atención. Él en cambio, no lo notó porque iba enfrascado en su diálogo imaginario con el hombre de la cita.
El taxi lo dejó frente a la compañía y al bajarse, tampoco recordó cómo es que había llegado al auto, ni el momento en que le había dado la dirección. “Definitivamente tengo que ver un médico”, pensó mientras ingresaba a un edificio de varios pisos. La fachada era imponente y se sorprendió por no haberlo visto antes, a pesar de pasar por allí todos los días.  
—Buenos días, tengo una…
—Sí, Señor Peterson. Lo están esperando. Aguarde aquí que alguien lo vendrá a buscar. —Le dijo un joven vestido de negro, en un escritorio que se encontraba a pasos de la entrada.
—Disculpe, Señor. —Samuel se acercó al muchacho luego de esperar unos minutos, dudoso de plantear su inquietud. —Estoy teniendo unos pequeños problemas de memoria últimamente, y la verdad que no recuerdo qué es lo que vengo a hacer aquí. La señorita que me llamó hoy, me dijo que desde mi estudio, habían dejado varios mensajes para ver al presidente de la compañía, pero verá, no me acuerdo de nada.
El joven lo miró de tal manera que Samuel no supo si expresaba sorpresa o preocupación. El hall del edificio estaba completamente vacío. El escritorio y el hombre de negro parecían ocupar todo el espacio. Divisó la puerta del ascensor a su izquierda y se detuvo en las flores que adornaban el lugar. Al cabo de unos segundos, y tras un intercambio de miradas entre ambos, el hombre sacó unos papeles de un cajón y se los extendió.
—Tome, lea. Acá están anotados todos sus mensajes. Usted sí que ha sido insistente. No sé qué vio el presidente en usted, pero déjeme decirle que su caso ha sido muy especial. Todo el edificio está hablando de sus mensajes. Fíjese, —mientras le señalaba las hojas— ochenta y nueve mensajes en menos de veinticuatro horas. Aunque recibimos muchísimos más, creo que lo que más llama la atención son sus palabras. Sí. Eso fue. Creo que el presidente sintió pena por usted y lo mandó a citar. Ahora bien mi amigo, no lo arruine. Esta es una oportunidad que no a muchos se les da.
Samuel escuchaba lo que le decía aquel extraño de negro, pero mientras más oía, menos entendía. Pasaba las hojas una a una intentando procesar lo que sus ojos veían. Le temblaban las manos y la traspiración le humedeció el cuerpo. Un escalofrió lo recorrió de pies a cabeza como una corriente eléctrica. Ojeó detenidamente una de las hojas que tenía en la mano y alcanzó a leer uno de los mensajes que estaba resaltado con verde.
“Por favor! tengo mucho para dar. Sé que me equivoque, sé que no creí en ti, pero hoy más que nunca te necesito. No me abandones ahora. Por favor, necesito verte. Quiero verte y pedirte perdón. Quiero otra oportunidad. No te fallare. Por favor. “
—¿Qué es esto? —Se preguntó en voz alta.
—¿Cómo qué es esto? Sus ochenta y nueve mensajes hombre. ¿Me está cargando usted?
—No señor. Claro que no. Cómo lo voy a estar cargando. ¿No le digo que estoy teniendo problemas con la memoria? No recuerdo nada de esto. Además, ¿A quién están dirigidos estos mensajes? Yo no le pude hablar de ésta manera al presidente de la compañía. No soy así de confianzudo.
—Realmente Señor Peterson, me sorprende cada vez más. Le aseguro que jamás, en todo el tiempo que llevo aquí, he visto a alguien como usted atravesar las puertas de “The White Wings”.—sacudía la cabeza, demostrando deliberadamente su asombro.
Justo cuando la ira comenzaba a correr por sus venas, una señorita se asomó desde el ascensor y lo llamó por su nombre. Juntos subieron los doce pisos que separaban la planta baja y la oficina del presidente. Al salir, divisó una sala de espera con un sillón que miraba hacia una puerta cerrada con el cartel de “Presidencia” en el centro.
—El Señor lo recibirá en unos minutos. Tome asiento. —Le dijo la dama, mientras se sentaba en su escritorio. No lo miraba. Las hojas habían desaparecido de su mano e inmediatamente pensó que las había olvidado en el hall de entrada. Maldijo en voz baja por no haberlas subido y seguir ojeando los mensajes que, supuestamente había enviado y no reconocía. Sí es que lo había hecho, sonaban muy informales y claramente no iban dirigidos a un presidente corporativo de esa talla. Debía haber un error.
Unos minutos después, la voz dulce de la muchacha lo sacó de sus pensamientos desordenados y apelotonados en cada rincón de su cabeza. Buscaban una salida. Algo que sí tuviera sentido.  
—Adelante. Ya puede pasar.
Ya nada podía hacer. Se acomodó el traje y la corbata, e ingresó a la oficina del presidente. Enseguida reparó en el ventanal gigante que mostraba la ciudad en su mayor esplendor. Contuvo las ganas de acercarse y siguió observando los detalles que albergaba la habitación; Sillones de cuero que brillaban de una manera muy especial, una mesa ratona de madera lustrada, alfombra, cuadros de artistas reconocidos y una despampanante biblioteca. El escritorio del presidente era enorme, aunque tenía pocas cosas sobre él. Sólo unas hojas (que enseguida reconoció) y una lapicera. Se oyó el ruido del agua correr tras una puerta a sus espaldas y al darse vuelta, lo vio salir del baño.
—Buenos, días Samuel. ¿Cómo has estado?
—Buenos días.
—Honestamente, quiero decirle que a lo largo de toda mi carrera, jamás he visto a alguien tan elocuente a la hora de pedir la salvación. —Caminaba hacia el escritorio, mientras se secaba las manos con una toalla blanca, que luego depositó sobre la mesita ratona. —La verdad Samuel, tengo que reconocer que me sorprendieron sus palabras. Lo tenía que conocer.
—Disculpe… ¿Señor…? —como el hombre no hizo ademán para decir su nombre, prosiguió. —Le comenté al muchacho de abajo que no recuerdo por qué estoy aquí. Ni las llamadas, ni los mensajes. No sé quién es usted. Vi los supuestos mensajes que dejé y le ruego sepa disculpar mi mala educación e informalidad hacia con usted. —El hombre le sonrió— No sé qué hago aquí. No sé a que se refiere con “Salvación”. Le pido disculpas pero no se qué me pasa. Debería ir inmediatamente al médico.
—Samuel, tu pediste verme. Desde el día del ataque. ¿No lo recuerdas? Desde que sufriste el ataque cardíaco en el parque, y te internaron en el hospital, has estado llamándome, buscándome. Pidiendo que te perdonara. Que te liberara de tus pecados (que fueron muchos) y por ende, que te salvara. Y bueno, has sido tan persistente que no me contuve. Quería conocerte.
De un momento a otro, todo cerró. Cada pieza del rompecabezas se colocó por sí misma en el lugar correspondiente. Y recordó la tarde en el Central Park, mientras paseaba a su perro Shogy y el fuerte pinchazo en el pecho.  
—Dios…
—Así es. Encantado en conocerte, Samuel. Ahora, cambia esa cara de desencajado, que debo asignarte unas cuantas tareas y ver si vales la pena. Esto no es una simple cita. Mi secretaria te dará toda la información que necesitas. Cuando hayas terminado tu encargo, volverás a verme.
—Pero… yo… Dios… quiero…
—Sé que quieres saber muchas cosas, sé que ya has recordado como llegaste aquí. Y no. No puedes volver. Por lo menos, no como Samuel. —Le guiñó el ojo—Sé que puedes ser merecedor de un lugar aquí, con nosotros. Pero antes deberás probar si eres harina de este costal. Tu sabes, no todos tienen lo que hay que tener, para ganarse un pedazo de cielo—Sonrió nuevamente infligiendo en Samuel una leve tranquilidad— Realmente tus pedidos han calado en mí, y déjame decirte que hace muchísimo tiempo no oía a alguien suplicarme con tanto fulgor. Sé que te mandaste las tuyas y no te culpo. La vida allá abajo es bastante revoltosa y es muy difícil mantenerse fuera del pecado. En fin, aquí estas y creo que puedes servir a mi causa. —Se acercó, le dio una palmadita en el hombro y lo acompañó a la salida— Ahora bien, aquí te darán las instrucciones y ya arreglaremos cuentas en el próximo encuentro. No tengas miedo. Lo peor ya pasó. Mucho gusto Samuel.
—Mucho gusto… Dios.
Fin

No hay comentarios:

Publicar un comentario