sábado, 1 de agosto de 2015

Por la delgada línea blanca



Por la delgada línea blanca
Todos los días se despertaba andando. Seguía la línea blanca. Esa que no tiene fin y que de vez en cuando dobla y se pierde entre las montañas. La seguía como la siguen todos, o por lo menos, la mayoría. La seguía, como la sigue el señor de sombrero a su lado. Como la sigue la señora con el bastón y como aquel de pelos rojizos, de más allá.
No conocía otro estilo de vida u otra manera de ser. Sus pies se habían hecho para andar. Por eso, se limitaba a caminar sobre la delgada línea que les indicaba el paso. Uno atrás de otro. Todos para el mismo lado, de noche y de día. Con sol y con lluvia.
Sabía que muchos habían perecido en el camino. Principalmente, aquellos que decidieron frenar. Algunos murieron aplastados por los que venían atrás. Otros abandonados a la soledad del costado. Segregados, marginados. Nunca más podrían retomar la marcha. Sólo se limitaban a observar a los demás pasar. Algunos saludaban felices, mientras que otros agachaban la cabeza avergonzados.
Una vez, vio uno. Se notaba que hacía mucho que no caminaba. Estaba viejo y sus ojos los contemplaban, lánguidos y cargados de pena. Daba lástima verlo así. Intentó ayudarlo pero no la dejaron. “Nadie habla ni se relaciona con los del costado” Le dijeron. Se sintió muy afligida. Entristecida, no quiso volver a caminar por el borde de la línea. Le cambió su lugar a un joven, que deseaba saber cómo se veía el costado.  Decidió apartarse porque sabía que si volvía a ver uno con esas características, no se resistiría.
Una mujer, la que usualmente camina detrás de ella, le comentó que cuando ella era pequeña, les permitían regresar a la línea. “¿Por qué ya no?” Le preguntó la muchacha. “Porque esos que vuelven, hablan y comentan acerca de la vida en el costado. Hablan de descansar, de relajarse, de parar, de dejar de caminar y de disfrutar. Por uno que se reincorporaba, tres decidían abandonar la línea. Por eso, ya no se les permite volver. El que sale, se queda afuera para siempre”
Ayer se terminó el periodo de cambio con el joven y regresó al borde de la línea. Se tropezó. Por no caerse fuera, quedo tambaleando apoyada en un pie; Con el derecho dentro del camino y con el izquierdo levantado para no apoyarlo en el costado. Era de noche. No se veía nada. Sólo las cabezas de los que andaban. Una mano suave y delicada, la sostuvo para que no se caiga. Se sorprendió al notar que la ayuda no venía de la línea sino de afuera. Ninguno de los que caminaba junto a ella, volteó a ver qué pasaba.
Sabía que no se caería porque alguien la sostenía. Esa mano avanzaba a la par de ella. A lo lejos, divisó un claro y notó como la línea se hacía levemente más gruesa. Con suerte, se podría acomodar en aquel hueco, y pararse sobre sus dos pies. Faltaba poco para llegar, cuando la mano la soltó. Jamás experimentó vacío semejante. Dio los últimos saltos hasta alcanzar el claro y se acomodó. Volvió a sentirse segura sobre la línea. Sin embargo, ya nada parecía igual.
Hoy se volvió a tropezar, pero esta vez, se dejó caer. Disfruta de una vida feliz, al costado de la línea blanca.
Fin

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