Por
la delgada línea blanca
Todos
los días se despertaba andando. Seguía la línea blanca. Esa que no tiene fin y
que de vez en cuando dobla y se pierde entre las montañas. La seguía como la
siguen todos, o por lo menos, la mayoría. La seguía, como la sigue el señor de
sombrero a su lado. Como la sigue la señora con el bastón y como aquel de pelos
rojizos, de más allá.
No
conocía otro estilo de vida u otra manera de ser. Sus pies se habían hecho para
andar. Por eso, se limitaba a caminar sobre la delgada línea que les indicaba
el paso. Uno atrás de otro. Todos para el mismo lado, de noche y de día. Con
sol y con lluvia.
Sabía
que muchos habían perecido en el camino. Principalmente, aquellos que
decidieron frenar. Algunos murieron aplastados por los que venían atrás. Otros
abandonados a la soledad del costado. Segregados, marginados. Nunca más podrían
retomar la marcha. Sólo se limitaban a observar a los demás pasar. Algunos
saludaban felices, mientras que otros agachaban la cabeza avergonzados.
Una
vez, vio uno. Se notaba que hacía mucho que no caminaba. Estaba viejo y sus
ojos los contemplaban, lánguidos y cargados de pena. Daba lástima verlo así.
Intentó ayudarlo pero no la dejaron. “Nadie habla ni se relaciona con los del
costado” Le dijeron. Se sintió muy afligida. Entristecida, no quiso volver a
caminar por el borde de la línea. Le cambió su lugar a un joven, que deseaba
saber cómo se veía el costado. Decidió
apartarse porque sabía que si volvía a ver uno con esas características, no se
resistiría.
Una
mujer, la que usualmente camina detrás de ella, le comentó que cuando ella era
pequeña, les permitían regresar a la línea. “¿Por qué ya no?” Le preguntó la
muchacha. “Porque esos que vuelven, hablan y comentan acerca de la vida en el
costado. Hablan de descansar, de relajarse, de parar, de dejar de caminar y de
disfrutar. Por uno que se reincorporaba, tres decidían abandonar la línea. Por
eso, ya no se les permite volver. El que sale, se queda afuera para siempre”
Ayer
se terminó el periodo de cambio con el joven y regresó al borde de la línea. Se
tropezó. Por no caerse fuera, quedo tambaleando apoyada en un pie; Con el
derecho dentro del camino y con el izquierdo levantado para no apoyarlo en el
costado. Era de noche. No se veía nada. Sólo las cabezas de los que andaban.
Una mano suave y delicada, la sostuvo para que no se caiga. Se sorprendió al
notar que la ayuda no venía de la línea sino de afuera. Ninguno de los que
caminaba junto a ella, volteó a ver qué pasaba.
Sabía
que no se caería porque alguien la sostenía. Esa mano avanzaba a la par de ella.
A lo lejos, divisó un claro y notó como la línea se hacía levemente más gruesa.
Con suerte, se podría acomodar en aquel hueco, y pararse sobre sus dos pies.
Faltaba poco para llegar, cuando la mano la soltó. Jamás experimentó vacío
semejante. Dio los últimos saltos hasta alcanzar el claro y se acomodó. Volvió
a sentirse segura sobre la línea. Sin embargo, ya nada parecía igual.
Hoy
se volvió a tropezar, pero esta vez, se dejó caer. Disfruta de una vida feliz,
al costado de la línea blanca.
Fin
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