Me levanté muy temprano esa
mañana, anhelando dormir un poco más. 7:10. Aunque el cuerpo exigía descanso,
la necesidad de recorrer aquel lugar nuevo apremiaba y me incitaba. El sol
caribeño despuntaba entre los árboles y aquella casa rodeada de verde ofrecía
un paisaje desinhibido, salvaje y agreste. Germán me había indicado los lugares
más conocidos y las rutas a tomar por si quería salir a recorrer. Al principio
dudé. Jamás me había importado salir sola en Buenos Aires. Aunque soy de
provincia, allí entre los edificios y subtes, de los cuales desconocía
recorridos, la guía T era mi salvadora y mi brújula. Acá, no había tren, no
había colectivo, no había calles transitadas ni subtes. Un par de caminos
estrechos que se abrían para un lado y para el otro. No había Guía T que me
ayudará. Iba a estar ahí por un largo tiempo así que debía tomar coraje y salir
a conocer ese mundo nuevo que me ofrecía la República Dominicana.
Al principio sentí la angustia y
el nerviosismo por la posibilidad de perderme. ¿Qué carajo hago si me pierdo?
Me pregunté. Pero a la vez confiaba en mi sentido de dirección y en mi
inteligencia espacial. Todo el mundo dice que me ubico bien y que es casi
imposible que me pierda. Así, como siempre me pasa a la hora de tomar
decisiones, dudando, me aventuré a la puerta. Me persigné y encaré el primer
camino que se me presentó delante de la casa. La angustia fue cediendo a medida
que el paisaje me iba embargando. Ya no me acordaba de la duda de hacia unos
minutos, aun así, sabía que no había doblado y que el regreso era todo derecho
por la misma calle que había venido.
Me dejaba llevar por los colores
y por el aroma pero sin perder el sentido de la orientación. Crucé la carretera
y el senderito de la mano de enfrente me tentó. No me preocupé por andar sola a
esa hora, no tenía miedo. No estaba en Buenos Aires donde el miedo se apodera
de la gente y los hace temblar el ruido de las hojas o el silencio de la siesta.
Aunque nunca fui paranoica y perseguida, siempre había que cuidarse en Buenos
Aires.
El cuadro que descubrieron mis
ojos al finalizar el senderito, donde los mosquitos me devoraron, donde me rayé
todas las piernas y casi me pegué un palo, valía la pena. Jamás había visto
belleza semejante. Nunca olvidaré la primera vez que divisé la piscina de La
Catalina.
Aguante la piscina!!
ResponderEliminarFue lo primero que escribí! =)
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