—Santi, compraste el pan rallado ¿no? —le preguntó casi
susurrando mientras veía el final de la novela. Él no respondió. — ¡Santiago!—elevó
la voz y por fin la miró a los ojos. — ¿Dónde andas? Baja de la nube, boludo. ¿Compraste
el pan rallado?
—Sí. Lo dejé en la alacena. ¿Vas a hacer milanesas?
—No. Arroz con pollo. Y sí. ¿Qué voy a hacer con el pan
rallado?
—Bueno. Bueno. ¡Qué mala onda! ¿Te vino?
—No me hinches las pelotas, Santiago. Dejáme escuchar.
—Sí. Te vino. — Hizo una leve mueca y continuó ojeando los
mensajes del celular, sin prestarle atención a la cara de rabia de su mujer,
que se apelotonaba en la silla de enfrente.
—En quince minutos, me pongo a cocinar.
—Cuando quieras, mi vida. Sabes que yo…
—¡Más te vale!
Santiago se levantó de la silla y la dejó sola en la cocina.
Estaba pasando por esos momentos en el mes, en los que sabía que lo mejor era
no esbozar ninguna palabra. Cuando Andrés llegaba, nada de lo que diga o haga,
iba a estar bien. Y menos, si hablaba de más. No podía decir nada que no sea
vitalmente necesario. Ya lo había intentado varias veces, y había llegado a la
conclusión que no debía agregar nada que no sea la respuesta. A veces, sólo se
limitaba a mover la cabeza en señal de aprobación si era necesario, o negaba
fervientemente si la situación lo requería. Obviamente, había que prestarle
mucha atención a la energía que desprendieran sus hormonas. Ahí estaba la
clave.
— ¡Santi! Santi, mira. Mira quien está en la tele. Tu
amiguito. —le gritaba desde la cocina con las manos embadurnadas de pan
rallado.
Santiago sabia de quién hablaba cuando se refería a su
“amiguito”. Aunque no tenía ganas de volver a la cocina, se calzó las pantuflas
y se asomó a ver la imagen. No deseaba pelear con ella en ese estado. No sería
para nada beneficioso. Y quedarse en la habitación amotinado, lo conduciría
derechito a ese abismo.
—Ahí lo tenés. Al chorro número uno. Y vos lo votaste. ¡Ja! Escucha
lo que dice. Escucha. Mentiroso… mafioso… chorro. ¡Sos un chorro! ¡Un cho-rro!—le
gritaba a la tele, mientras se desquitaba con los trozos de nalga empanizada. —
¿Por qué no te haces unos mates?
—Estoy hecho mierda negra, me voy a…
—…tirar un rato. —Completó la frase. — y sí. El señor
siempre está cansado.
—Bueno. Ahora te hago unos mates. —Resignado creyó que con
eso, se terminaría el trato hostil.
—No. No ¡Deja! Anda a dormir la mona un rato. A ver si
cambias esa cara de traste que tenés.
“¿Yo? Ahora soy yo el que tiene cara de traste” Pensó y
dijo;
—Entonces, ¿Qué hago? ¿Me voy o te hago mate?
—Lo que vos quieras.
—Yo hago lo que vos quieras. ¿Qué querés?
—Nada Santiago. —respondió. “¿Desde cuándo haces lo que yo
quiera? ¡Andá!”—se mordió la boca para no decirlo en voz alta.
—Hago mate entonces. Poné la pava que yo lo preparo.
—¿no ves que tengo las manos sucias? —se dio vuelta y le
mostró las manos pegajosas.
—Bueno. Yo pongo el agua.
—Santi… ¿Por qué fue que lo votaste?—lo sorprendió con la
pregunta, antes que diera el primer paso.
—No lo voté. Te dije que era una joda. ¿Cómo lo voy a votar?
—Mmm… Para mí que lo votaste. Y te hacés el que no.
—¿Qué gano con mentir?
—¡Que no te hinche las pelotas! Sabes que ese tipo es un
chorro y un hijo de puta. Y si vos…
—Todos lo sabemos. Por eso… No lo voté.
—Digamos que te creo. ¿A quién votaste?—Antes que empezará a
hablar, exclamó—Y no me vengas con eso de que el voto es secreto y no se dice.
Todos dicen a quien van a votar. Yo te dije a quien voté.
—Voté a Domínguez. ¿Contenta?
—¿Por qué lo votaste a Domínguez?
—No sé. Lo voté y punto.
—Pero… ¿Por qué? ¿Qué hizo o qué dijo que te llevó a
votarlo?—Hizo un silencio—Nunca me hablaste de él. No… No. —Movía la cabeza de
una lado al otro— Vos no lo votaste.
—Uy. ¡Cómo estás hoy! ¿Por qué estás tan enojada? —se
maldijo por haber preguntado semejante cosa y se arrepintió de inmediato.
—¿Cómo porque estoy enojada? ¿Vos me estás cargando?
—No. No sé. ¿Por qué me tratas así? No es sólo por Andrés,
hay algo más. ¿Qué es?
—No sé cómo hacés para hacerte bien el boludo.
—¿Eh?
—Vos votaste a ese chorro. Y eso, mi querido, te convierte
en otro chorro. Igual o peor que él.
—A ver si entiendo… ¿vos estás enojada conmigo porque crees
que voté a ese pelotudo?
—Y… Sí. Me decepcionaste. Políticamente. Obvio. —aclaró.
—Sos de lo que no hay. Te dije veinte millones de veces que
no lo voté. ¡No lo voté!
—Bueno. Bueno. Ya está. Gracias a Dios, no ganó. Sino…
—Sino… ¿qué?
—Nada. Nos hundimos todos, Santiago. Todos. —Se lavó las
manos. Se secó con el repasador, y lo miró fijamente. Él no se había movido de
lugar donde se había quedado, para ver la tele. La contemplaba absorto y
contraído, con la mandíbula apretada, y los ojos chiquitos.
—Santi…
— ¿Qué?—preguntó entre dientes.
— ¿y el mate?
Jajaja muy bueno !!! Una pregunta, el mate con edulcorante o azúcar ?
ResponderEliminar¿Qué pregunta? A esta altura del año... ¿A vos qué te parece? jajajaja. EDULCORANTE! jajajaja
Eliminar