Charles
pidió una cerveza fría y se la tomó de una vez. Venía de un viaje largo y
agotador. El clima de Mississippi no le sentaba bien. Sudaba sin cesar; cargaba con él un pañuelo de tela que alguna vez había sido blanco y que
utilizaba para refrescarse constantemente. No soportaba el calor. Su socio lo había enviado a ese lugar recóndito,
y le había encomendado un importante
negocio. Debía encontrarse con Mr. Down en aquel bar, en la pequeña Winona. No
lo conocía. Sabía que era un hombre poderoso, poseedor de grandes porciones de
tierra que abarcaban el treinta por ciento del estado. Sus plantaciones de algodón abastecían a gran
parte del sur de los Estados Unidos.
—Buenas
tardes. ¿Mr. Adams?—se sorprendió al ver a un hombre de color
que lo miraba con atención.
—Sí.
Soy yo. ¿Mr. Down?
—No–dijo y soltó una risita por debajo–. Soy su chofer. El señor Down se encuentra de viaje en Luisiana. Llegará mañana
por la mañana. Me ha encargado venir por usted y llevarlo a la casa para que lo
espere allí.
—No, hombre. No se preocupe. Puedo rentar una habitación por aquí. Deme la dirección y mañana me
tiene allí al alba.
—Insisto.
Mr Down fue muy explicito y créame que no le gustará nada si mañana aparece y
usted no está en la casa.
Aunque
intentó doblar la decisión del negro, no lo logró. Una hora más tarde, llegaba
a la casa de Mr. Down. Un pequeño palacete emergía de entre los árboles y las
plantaciones de algodón. Había mujeres, niños,
hombres yendo y viniendo. Mientras sus ojos se perdían entre los esclavos, recordó la última conversación con Johnny, su socio.
—No
quiero que lo arruines, Charly. Necesitamos a Mr. Down de nuestra parte.
Convénselo para que firme este papel y nada de hablar de políticas
abolicionistas. Guárdate tu opinión. ¿Oíste?
—Claro
mi amigo.
—En boca cerrada no entran moscas; mantenla así y todo irá bien. Mississippi no es Wisconsin. Allí te matan Charly. Hablo enserio. Te matan. He oído las atrocidades que llevan a cabo esos
locos y por eso te pido que pienses dos veces, antes de dar opiniones. Tú
sabes, no te enviaría si no fuera de vida o muerte. Este negocio nos puede
sacar del agujero al que hemos caído Charly.
“He
oído las atrocidades que llevan a cabo estos locos…” repetía su cabeza mientras
sus ojos seguían el movimiento de una morena que cargaba una funda repleta de
algodón. Se podía percibir el esfuerzo sobrehumano que hacía para transportarla
hasta la carreta, que se encontraba unos metros más allá. Apretó el puño para
liberar la ira que le producía esa imagen.
“Odio
el Sur” pensó.
—Pase, Mr. Adams. Póngase cómodo. Permítame que lleve su bolso a la habitación.
Enseguida enviaremos a una muchacha para que le prepare el baño.
—No
hace falta. Yo mismo me lo prepararé. Indíqueme la habitación y ya.
—La
ultima del pasillo a la derecha, señor.
—Gracias, mi amigo—Agachó la cabeza en señal de agradecimiento y se encaminó a la
habitación. Media hora después, ya sobre el colchón, intentaba dormir. La
puerta se abrió de pronto, dándole paso a una muchacha muy joven que cargaba una jarra
de agua.
—Hola.
Ella no le respondió y, en cambio, se dedicó a llenar la vasija que habían ubicado
sobre un mueble, justo frente a la cama.
—Oye.
¿Cómo te llamas?—Se acomodó y la observó mientras aprontaba los utensilios para
la higiene personal. —No tengas miedo. Me llamo Charles. Me dicen Charly. Anda,
dime tu nombre. —Charles notó que aquella muchacha que le daba la espalda
sumergida en su tarea, era la misma que había visto cargando algodón unos
minutos atrás.
—Tú
sí que eres fuerte. Yo no hubiese podido con esa funda de algodón. ¿Cuánto
pesa?
—Mucho.
—Oh.
Puedes hablar. Pensé que te habían comido la lengua los ratones–bromeó–. Ahora bien, ¿Cómo te
llamas?
—Mary.
—Mary. ¡Qué bello nombre!
La
puerta volvió a abrirse pero esta vez se trataba del chofer, que más que chofer
aparentaba ser la mano derecha de Mr. Down porque estaba al pendiente de todo.
—La
cena está servida, señor. Mary, te necesitan en la cocina.
La
muchacha salió apresurada y no la vio sino hasta después de la cena, cuando
volvió a su habitación para asegurarse de que el invitado no necesitara nada. Lo
hubiese hecho el chofer, pero había habido un problema con un caballo y
abandonó la casa en plena cena. Quería tener todo solucionado para cuando
volviese el patrón.
—Disculpe, señor. Cualquier cosa que usted necesite le dejo a Mary a su disposición. Lo
siento.—le había dicho antes de marcharse.
—¿Necesita
algo, señor?—preguntó con timidez sin apartar la vista del suelo.
—No, Mary. No necesito nada. Gracias. Deja de decirme señor, por favor. Tanta formalidad me asquea.
—De ser así, me retiro... señor.
—Oye.—Le
salió al paso. Al acercarse percibió su piel seca, coartada por el sol. El
vestido blanco que llevaba puesto se había vuelto enorme ante sus ojos y la vio
demasiado delgada. Tanto, que se preguntó cómo haría para trabajar en ese
estado de aparente debilidad. De un momento a otro, sus ojos vagaron por las
facciones de aquella morena. No debía tener ni veinte años. Tenía una cicatriz
en la mejilla derecha que no había visto. Seguro la habían golpeado.
“Malditos”
masculló.
—Dígame, señor. ¿Necesita algo?—ella no lo miraba. Sus ojos no se movían del parqué.
—Mary.
¿Cuántos años tienes?
—15,
señor.
Se
estremeció y se sintió un depravado al pensar en ella como una mujer, sentirse atraído por sus movimientos y su belleza. Se apartó de la puerta y la
dejo partir.
Mr.
Down llegó muy temprano y encontró a su invitado sentado en el porche bebiendo
café y contemplando la faena que había comenzado mucho antes del amanecer.
—Buenos
días, Mr. Adams.
—Buenos
días, Mr. Down.
La
mañana transcurrió tranquila y mientras caminaban por las plantaciones de
algodón, hablaban de negocios y de las novedades que traía de Luisiana.
—¿Qué
lo llevó hasta allí, Mr. Down?
—Llámeme
Harry, hombre. Bueno, a decir verdad... fui en busca de
algunos esclavos. Los venden a buen precio por aquellos lados. Usted sabe,
tengo un amigo que…—su frase se interrumpió al no encontrar a Charly a su lado.
Se había quedado unos metros más atrás y se había detenido para ayudar a Mary a
cargar la funda repleta de algodón. El asombro y estupor que causó su acción
dejó boquiabiertos a los demás que trabajaban a su alrededor pero principalmente
al patrón.
—Disculpe, Harry. ¿Qué me decía?–preguntó al regresar a su lado.
—Mr.
Adams, volvamos a la casa. Hace mucho calor y necesito beber algo fresco.
Volvieron
a verse al medio día, para almorzar. Los gestos de Mr. Down habían cambiado rotundamente y
mientras comían en silencio, apareció el chofer con el bolso de Charly en la
mano.
—Mr.
Adams. Lamento mucho decirle que no me será posible cerrar el acuerdo que Johnny
acaba de enviarme con usted. Dígale por favor que para poder finiquitar este
asunto, requiero de su presencia.
—Pero, Harry…
—Mr. Down–lo corrigió con seriedad.
—Mr.
Down. Usted sabe que soy el socio de Johnny y que es exactamente lo mismo
que lo firme ahora conmigo o con él.
—Lo
lamento. Cuando termine, mi chofer le indicará el caballo que utilizará para volver a Wisconsin. —Se retiró
de la sala sin saludar.
Acomodó
la montura, y ató su bolso al caballo. Su humor no era el mejor y trataba de
pensar lo que le diría a su socio al llegar. No había dicho nada. No había
hecho nada. Sin embargo, ahí estaba: Sin el maldito papel firmado. Se montó al caballo
y cabalgó despacio disfrutando de la sombra que daba el camino. El calor no lo
dejaba concentrarse. Odiaba el calor. Venía enfrascado en sus pensamientos
cuando la vio. Estaba sentada sobre el tronco de un árbol, al borde del sendero. Llevaba
un sombrero blanco. El caballo trotó los metros que los separaban. Al acercarse,
notó la hinchazón de sus labios y la sangre que brotaba de la ceja derecha.
—¿Mary?
—Lléveme
con usted. Se lo suplico.
No
pudo decirle que no.
Hermoso! Terrible y hermoso!
ResponderEliminarMe encanto esta historia durísima y terrible pero siempre llega debían pluma de Érica un personaje noble hermoso !! 👏👏👏
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