sábado, 1 de agosto de 2015

Charles y Mary



Charles pidió una cerveza fría y se la tomó de una vez. Venía de un viaje largo y agotador. El clima de Mississippi no le sentaba bien. Sudaba sin cesar; cargaba con él un pañuelo de tela que alguna vez había sido blanco y que utilizaba para refrescarse constantemente. No soportaba el calor. Su socio lo había enviado a ese lugar recóndito, y le había  encomendado un importante negocio. Debía encontrarse con Mr. Down en aquel bar, en la pequeña Winona. No lo conocía. Sabía que era un hombre poderoso, poseedor de grandes porciones de tierra que abarcaban el treinta por ciento del estado. Sus plantaciones de algodón abastecían a gran parte del sur de los Estados Unidos.
—Buenas tardes. ¿Mr. Adams?—se sorprendió al ver a un hombre de color que lo miraba con atención.
—Sí. Soy yo. ¿Mr. Down?
—No–dijo y soltó una risita por debajo–. Soy su chofer. El señor Down se encuentra de viaje en Luisiana. Llegará mañana por la mañana. Me ha encargado venir por usted y llevarlo a la casa para que lo espere allí.
—No, hombre. No se preocupe. Puedo rentar una habitación por aquí. Deme la dirección y mañana me tiene allí al alba.
—Insisto. Mr Down fue muy explicito y créame que no le gustará nada si mañana aparece y usted no está en la casa.
Aunque intentó doblar la decisión del negro, no lo logró. Una hora más tarde, llegaba a la casa de Mr. Down. Un pequeño palacete emergía de entre los árboles y las plantaciones de algodón. Había mujeres, niños, hombres yendo y viniendo. Mientras sus ojos se perdían entre los esclavos, recordó la última conversación con Johnny, su socio.
—No quiero que lo arruines, Charly. Necesitamos a Mr. Down de nuestra parte. Convénselo para que firme este papel y nada de hablar de políticas abolicionistas. Guárdate tu opinión. ¿Oíste?
—Claro mi amigo.
—En boca cerrada no entran moscas; mantenla así y todo irá bien. Mississippi no es Wisconsin. Allí te matan Charly. Hablo enserio. Te matan. He oído las atrocidades que llevan a cabo esos locos y por eso te pido que pienses dos veces, antes de dar opiniones. Tú sabes, no te enviaría si no fuera de vida o muerte. Este negocio nos puede sacar del agujero al que hemos caído Charly.
“He oído las atrocidades que llevan a cabo estos locos…” repetía su cabeza mientras sus ojos seguían el movimiento de una morena que cargaba una funda repleta de algodón. Se podía percibir el esfuerzo sobrehumano que hacía para transportarla hasta la carreta, que se encontraba unos metros más allá. Apretó el puño para liberar la ira que le producía esa imagen.
“Odio el Sur” pensó.
—Pase, Mr. Adams. Póngase cómodo. Permítame que lleve su bolso a la habitación. Enseguida enviaremos a una muchacha para que le prepare el baño.
—No hace falta. Yo mismo me lo prepararé. Indíqueme la habitación y ya.
—La ultima del pasillo a la derecha, señor.
—Gracias, mi amigo—Agachó la cabeza en señal de agradecimiento y se encaminó a la habitación. Media hora después, ya sobre el colchón, intentaba dormir. La puerta se abrió de pronto, dándole paso a una muchacha muy joven que cargaba una jarra de agua.
—Hola.
Ella no le respondió y, en cambio, se dedicó a llenar la vasija que habían ubicado sobre un mueble, justo frente a la cama.
—Oye. ¿Cómo te llamas?—Se acomodó y la observó mientras aprontaba los utensilios para la higiene personal. —No tengas miedo. Me llamo Charles. Me dicen Charly. Anda, dime tu nombre. —Charles notó que aquella muchacha que le daba la espalda sumergida en su tarea, era la misma que había visto cargando algodón unos minutos atrás.
—Tú sí que eres fuerte. Yo no hubiese podido con esa funda de algodón. ¿Cuánto pesa?
—Mucho.
—Oh. Puedes hablar. Pensé que te habían comido la lengua los ratones–bromeó–. Ahora bien, ¿Cómo te llamas?
—Mary.
—Mary. ¡Qué bello nombre!
La puerta volvió a abrirse pero esta vez se trataba del chofer, que más que chofer aparentaba ser la mano derecha de Mr. Down porque estaba al pendiente de todo.
—La cena está servida, señor. Mary, te necesitan en la cocina.
La muchacha salió apresurada y no la vio sino hasta después de la cena, cuando volvió a su habitación para asegurarse de que el invitado no necesitara nada. Lo hubiese hecho el chofer, pero había habido un problema con un caballo y abandonó la casa en plena cena. Quería tener todo solucionado para cuando volviese el patrón.
—Disculpe, señor. Cualquier cosa que usted necesite le dejo a Mary a su disposición. Lo siento.—le había dicho antes de marcharse.
—¿Necesita algo, señor?—preguntó con timidez sin apartar la vista del suelo.
—No, Mary. No necesito nada. Gracias. Deja de decirme señor, por favor. Tanta formalidad me asquea.
—De ser así, me retiro... señor.
—Oye.—Le salió al paso. Al acercarse percibió su piel seca, coartada por el sol. El vestido blanco que llevaba puesto se había vuelto enorme ante sus ojos y la vio demasiado delgada. Tanto, que se preguntó cómo haría para trabajar en ese estado de aparente debilidad. De un momento a otro, sus ojos vagaron por las facciones de aquella morena. No debía tener ni veinte años. Tenía una cicatriz en la mejilla derecha que no había visto. Seguro la habían golpeado.
“Malditos” masculló.
—Dígame, señor. ¿Necesita algo?—ella no lo miraba. Sus ojos no se movían del parqué.
—Mary. ¿Cuántos años tienes?
—15, señor.
Se estremeció y se sintió un depravado al pensar en ella como una mujer, sentirse atraído por sus movimientos y su belleza. Se apartó de la puerta y la dejo partir.

Mr. Down llegó muy temprano y encontró a su invitado sentado en el porche bebiendo café y contemplando la faena que había comenzado mucho antes del amanecer.
—Buenos días, Mr. Adams.
—Buenos días, Mr. Down.
La mañana transcurrió tranquila y mientras caminaban por las plantaciones de algodón, hablaban de negocios y de las novedades que traía de Luisiana.
—¿Qué lo llevó hasta allí, Mr. Down?
—Llámeme Harry, hombre. Bueno, a decir verdad... fui en busca de algunos esclavos. Los venden a buen precio por aquellos lados. Usted sabe, tengo un amigo que…—su frase se interrumpió al no encontrar a Charly a su lado. Se había quedado unos metros más atrás y se había detenido para ayudar a Mary a cargar la funda repleta de algodón. El asombro y estupor que causó su acción dejó boquiabiertos a los demás que trabajaban a su alrededor pero principalmente al patrón.
—Disculpe, Harry. ¿Qué me decía?–preguntó al regresar a su lado.
—Mr. Adams, volvamos a la casa. Hace mucho calor y necesito beber algo fresco.
Volvieron a verse al medio día, para almorzar. Los gestos de Mr. Down habían cambiado rotundamente y mientras comían en silencio, apareció el chofer con el bolso de Charly en la mano.
—Mr. Adams. Lamento mucho decirle que no me será posible cerrar el acuerdo que Johnny acaba de enviarme con usted. Dígale por favor que para poder finiquitar este asunto, requiero de su presencia.
—Pero, Harry…
—Mr. Down–lo corrigió con seriedad.
—Mr. Down. Usted sabe que soy el socio de Johnny y que es exactamente lo mismo que lo firme ahora conmigo o con él.
—Lo lamento. Cuando termine, mi chofer le indicará el caballo que utilizará para volver a Wisconsin. —Se retiró de la sala sin saludar.

Acomodó la montura, y ató su bolso al caballo. Su humor no era el mejor y trataba de pensar lo que le diría a su socio al llegar. No había dicho nada. No había hecho nada. Sin embargo, ahí estaba: Sin el maldito papel firmado. Se montó al caballo y cabalgó despacio disfrutando de la sombra que daba el camino. El calor no lo dejaba concentrarse. Odiaba el calor. Venía enfrascado en sus pensamientos cuando la vio. Estaba sentada sobre el tronco de un árbol, al borde del sendero. Llevaba un sombrero blanco. El caballo trotó los metros que los separaban. Al acercarse, notó la hinchazón de sus labios y la sangre que brotaba de la ceja derecha.
—¿Mary?
—Lléveme con usted. Se lo suplico.
No pudo decirle que no.






2 comentarios:

  1. Me encanto esta historia durísima y terrible pero siempre llega debían pluma de Érica un personaje noble hermoso !! 👏👏👏

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