Una mujer se sentó en la mesa de
al lado. La miró por el rabillo del ojo y la reconoció de inmediato. Aunque
estaba un poco cambiada; su cabello estaba corto y ahora llevaba lentes, la
podría haber reconocido entre miles de personas.
Llegó a Resistencia el día
anterior siguiendo la información que el detective privado le había dado.
Aunque habían perdido las esperanzas de encontrarla, la llamada repentina del
agente lo había sorprendido una semana atrás.
—La encontramos Juan. La
encontramos.
—¿Dónde?
—Creemos que está en el Chaco. En
un par de días te voy a confirmar exactamente su ubicación. Tengo un contacto
ahí mismo trabajando.
—Por Dios Pedro. ¿De verdad me
estás diciendo?
—Si Juan. Sé que debería haberte
llamado cuando confirmara el lugar. Pero… no me aguanté.
—¿Cómo sabes que es ella?
—Lo sé. Créeme que no te estoy
mintiendo.
—Te creo como te creí la vez
anterior, en Rosario. Llegamos allá y no era ella.
—Eso fue mala suerte. Ella estaba
ahí. Lo sabíamos bien. Todavía me pregunto qué pasó.
—Yo también me lo pregunto.
Marita no pudo… —se le cortó la voz y tosió para disimular el nudo en la
garganta.
—Perdón Juan. Perdón. No fue mi
intención.
—Ya se. —Inspiró y exhaló— No me
quiero ilusionar. Llevamos muchos años. Vos lo sabes.
—Si Juan. Pero si Dios nos da una
mano, ésta puede ser nuestra oportunidad. Tengamos fe.
Una semana después de esa llamada
Juan se hospedaba en un hotelito de Resistencia. Le habían pasado el dato que
su hija se había mudado unos meses atrás. Y allí estaba. Bella, toda una mujer.
De pronto, revivió el peor momento de su vida. Marita, su mujer, la dejó ir por
primera vez sola al colegio. Según ella, debía aprender. Debía crecer. La
acompañaron hasta la puerta y ahí la despidieron. Nunca más la volvieron a ver.
Hoy veinte años después y tras incansables búsquedas, la tenia sentada a su
lado. Era ella. Esta vez sí que era ella.
—Buenas tardes señor, ¿Qué le
traigo? ¿Algo para tomar?
—Sí. Un café con leche y dos
medialunas. Por favor.
—Bien. Enseguida.
El mesero se acercó a la mesa de
su hija y desde la posición en la que se encontraba pudo oír lo que Soledad iba
a pedir.
—Sí. ¿Qué tal? Traeme un cortado
y un tostado de jamón y queso. Gracias.
Su corazón parecía salírsele del
pecho. Creyó que le iba a dar un infarto. Se acomodó en la silla y buscando una
posición más cómoda, se colocó justo frente a ella. Tomó el diario y como
llevaba lentes oscuros, su escrutinio descarado no fue notado por nadie. Ni
siquiera ella lo percibió. Una vez que trajeron su pedido, la observó beber su
café; despacio y con calma. Miraba para los costados, como esperando a alguien.
Juan quería saltar de la silla y abrazarla y gritarle que era él, su padre. Él
que jamás perdió las esperanzas de encontrarla. Aun así, sabía que debía ir con
calma. Bebió el agua gasificada que le
trajo el mozo, y se decidió a tomar el toro por las astas.
—Disculpe señorita, —apoyó el
diario sobre la mesa. Y se dirigió a su hija sin sacarse los lentes aun. Temía
que al develar su identidad todo se desmorone. — ¿es usted de por aquí?
—No.
—Ah. Pensé que tal vez me podía
ayudar a ubicar a alguien.
—No. Llegué al Chaco hace apenas
dos meses y realmente no conozco a nadie.
—No… yo decía porque como es una
ciudad tan pequeña esta.
—Quizás el mozo lo pueda ayudar.
—Quizás. —Acercó la silla a la
mesa de su hija. —Perdone mi intromisión. Pero estoy desesperado. Quisiera que
aunque sea me dé la oportunidad de mostrarle la foto de la persona que estoy
buscando.
—Claro. —Su mirada buscaba al
mozo y miraba constantemente el reloj.
—Mire. Esta es mi hijita. Me la
robaron cuando tenía doce años. Ahora
tiene treinta y dos.
Le extendió la foto de su
cumpleaños número doce. Exactamente un mes antes que se la llevaran. Soledad no
se inmutó al ver la foto. Al contrario.
— ¿No tiene una foto más actual?
Juan no sabía que decir. Las
palabras se ahogaban en su garganta y nada salía de su boca. Sus gestos se
habían congelado. Todo a su alrededor parecía detenerse.
— ¿Cuál es su nombre señorita?
—Romina. Señor, discúlpeme, pero
no lo puedo ayudar. Tal vez si tuviera una foto más reciente, la reconocería.
Tal vez.
—Mi hija se llama Soledad. Su
color favorito es el naranja. —La muchacha lo miró sorprendida.
—Qué casualidad. Mi hija se llama
Soledad. Y mi color favorito es el naranja también.
—Mi hija tiene una cicatriz en la
pantorrilla derecha. Se quemó con el caño de escape de una moto cuando tenía
nueve años. También tiene una cicatriz en el brazo derecho. Se cortó con un
alambrado. Y justo cuando la perdimos le habíamos comenzado el tratamiento de
la vista. Ella tiene astigmatismo. —se sacó los lentes con la esperanza de que
lo reconociera. Ella sin embargo seguía sumida en sus pensamientos. No decía
nada.
—¿Soledad me dijo?—se tocó el
brazo derecho y sintió la cicatriz. Hizo lo mismo con la pantorrilla,
acariciándola suavemente con el pie.
—Sí.
—¿de dónde es usted?
—La Pampa.
Levantó la vista. Lo observó y
vio algo extraño en los ojos de aquel desconocido. Tenía el mismo color de ojos
que la pequeña Soledad, su hija. Se asustó. Un escalofrió corrió por su cuerpo.
—Señor, me tengo que ir.
—Sole… digo, Romina. Acá le dejo
mi número. Llámame cualquier cosa. Me voy a quedar en Chaco por unos días.
muy lindo,corto y atrapante!!!
ResponderEliminarGracias Mooo!! ♥
Eliminarsoy juani.
ResponderEliminarmoni no lee, mira novelas ajaja
ResponderEliminarJjajajaja.. Gracias Juaaaani!! POR LEERME!!
EliminarMuy bueno !!!...pero como sigue!!!jaja en pocas lineas lograste atraparme .Lili
ResponderEliminarJajajaja... Mejor así!!! =)
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