sábado, 1 de agosto de 2015

Resistencia



Una mujer se sentó en la mesa de al lado. La miró por el rabillo del ojo y la reconoció de inmediato. Aunque estaba un poco cambiada; su cabello estaba corto y ahora llevaba lentes, la podría haber reconocido entre miles de personas.
Llegó a Resistencia el día anterior siguiendo la información que el detective privado le había dado. Aunque habían perdido las esperanzas de encontrarla, la llamada repentina del agente lo había sorprendido una semana atrás.
—La encontramos Juan. La encontramos.
—¿Dónde?
—Creemos que está en el Chaco. En un par de días te voy a confirmar exactamente su ubicación. Tengo un contacto ahí mismo trabajando.
—Por Dios Pedro. ¿De verdad me estás diciendo?
—Si Juan. Sé que debería haberte llamado cuando confirmara el lugar. Pero… no me aguanté.
—¿Cómo sabes que es ella?
—Lo sé. Créeme que no te estoy mintiendo.
—Te creo como te creí la vez anterior, en Rosario. Llegamos allá y no era ella.
—Eso fue mala suerte. Ella estaba ahí. Lo sabíamos bien. Todavía me pregunto qué pasó.
—Yo también me lo pregunto. Marita no pudo… —se le cortó la voz y tosió para disimular el nudo en la garganta.
—Perdón Juan. Perdón. No fue mi intención.
—Ya se. —Inspiró y exhaló— No me quiero ilusionar. Llevamos muchos años. Vos lo sabes.
—Si Juan. Pero si Dios nos da una mano, ésta puede ser nuestra oportunidad. Tengamos fe.
Una semana después de esa llamada Juan se hospedaba en un hotelito de Resistencia. Le habían pasado el dato que su hija se había mudado unos meses atrás. Y allí estaba. Bella, toda una mujer. De pronto, revivió el peor momento de su vida. Marita, su mujer, la dejó ir por primera vez sola al colegio. Según ella, debía aprender. Debía crecer. La acompañaron hasta la puerta y ahí la despidieron. Nunca más la volvieron a ver. Hoy veinte años después y tras incansables búsquedas, la tenia sentada a su lado. Era ella. Esta vez sí que era ella.
—Buenas tardes señor, ¿Qué le traigo? ¿Algo para tomar?
—Sí. Un café con leche y dos medialunas. Por favor.
—Bien. Enseguida.
El mesero se acercó a la mesa de su hija y desde la posición en la que se encontraba pudo oír lo que Soledad iba a pedir.
—Sí. ¿Qué tal? Traeme un cortado y un tostado de jamón y queso. Gracias.
Su corazón parecía salírsele del pecho. Creyó que le iba a dar un infarto. Se acomodó en la silla y buscando una posición más cómoda, se colocó justo frente a ella. Tomó el diario y como llevaba lentes oscuros, su escrutinio descarado no fue notado por nadie. Ni siquiera ella lo percibió. Una vez que trajeron su pedido, la observó beber su café; despacio y con calma. Miraba para los costados, como esperando a alguien. Juan quería saltar de la silla y abrazarla y gritarle que era él, su padre. Él que jamás perdió las esperanzas de encontrarla. Aun así, sabía que debía ir con calma.  Bebió el agua gasificada que le trajo el mozo, y se decidió a tomar el toro por las astas.
—Disculpe señorita, —apoyó el diario sobre la mesa. Y se dirigió a su hija sin sacarse los lentes aun. Temía que al develar su identidad todo se desmorone. — ¿es usted de por aquí?
—No.
—Ah. Pensé que tal vez me podía ayudar a ubicar a alguien.
—No. Llegué al Chaco hace apenas dos meses y realmente no conozco a nadie.
—No… yo decía porque como es una ciudad tan pequeña esta.
—Quizás el mozo lo pueda ayudar.
—Quizás. —Acercó la silla a la mesa de su hija. —Perdone mi intromisión. Pero estoy desesperado. Quisiera que aunque sea me dé la oportunidad de mostrarle la foto de la persona que estoy buscando.
—Claro. —Su mirada buscaba al mozo y miraba constantemente el reloj.
—Mire. Esta es mi hijita. Me la robaron cuando tenía doce años.  Ahora tiene treinta y dos.
Le extendió la foto de su cumpleaños número doce. Exactamente un mes antes que se la llevaran. Soledad no se inmutó al ver la foto. Al contrario.
— ¿No tiene una foto más actual?
Juan no sabía que decir. Las palabras se ahogaban en su garganta y nada salía de su boca. Sus gestos se habían congelado. Todo a su alrededor parecía detenerse.
— ¿Cuál es su nombre señorita?
—Romina. Señor, discúlpeme, pero no lo puedo ayudar. Tal vez si tuviera una foto más reciente, la reconocería. Tal vez.
—Mi hija se llama Soledad. Su color favorito es el naranja. —La muchacha lo miró sorprendida.
—Qué casualidad. Mi hija se llama Soledad. Y mi color favorito es el naranja también.
—Mi hija tiene una cicatriz en la pantorrilla derecha. Se quemó con el caño de escape de una moto cuando tenía nueve años. También tiene una cicatriz en el brazo derecho. Se cortó con un alambrado. Y justo cuando la perdimos le habíamos comenzado el tratamiento de la vista. Ella tiene astigmatismo. —se sacó los lentes con la esperanza de que lo reconociera. Ella sin embargo seguía sumida en sus pensamientos. No decía nada.
—¿Soledad me dijo?—se tocó el brazo derecho y sintió la cicatriz. Hizo lo mismo con la pantorrilla, acariciándola suavemente con el pie.
—Sí.
—¿de dónde es usted?
—La Pampa.
Levantó la vista. Lo observó y vio algo extraño en los ojos de aquel desconocido. Tenía el mismo color de ojos que la pequeña Soledad, su hija. Se asustó. Un escalofrió corrió por su cuerpo.
—Señor, me tengo que ir.
—Sole… digo, Romina. Acá le dejo mi número. Llámame cualquier cosa. Me voy a quedar en Chaco por unos días.




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